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Alicia se arregló especialmente esa mañana, un broche de tela en el uniforme y un poco de carmín en la sonrisa. Hacía un año que trabajaba en la ruta Sur del centro de día para ancianos con Alzheimer, y era un día especial. Alicia necesitaba marcar días en el calendario, recordar fechas y celebrarlas como una especie de salvavidas flotando en el mar de olvido de su rutina. Necesitaba creer que había día especiales, que la vida no era una sucesión de horas.

Un lunes hacía un año, Alicia se presentó en el lugar acordado. Carlos, su compañero, la puso al día en un momento con pocas palabras. "Es sencillo, yo conduzco y tú te preocupas de que no se caiga nadie. Donde pare, bajas, sonríes al familiar, ayudas al abuelo a subir, le sientas y me avisas cuando pueda arrancar. Todos sentados  hasta el centro y todo irá bien. Eso es todo." Encendió un cigarrillo, puso la radio y arrancó. Al principio su silencio era incómodo y cortante, una soledad acompañada, pero a lo largo de los meses Alicia aprendió a leer en sus gestos e incluso a propiciar pequeñas conversaciones de camino a la primera parada.

Ese lunes en concreto la primera parada era nueva. Carlos puso con las luces de emergencia y bajó con ella sin decir nada. Dos mujeres esperaban en la acera, claramente madre e hija. Carlos fue directamente hacia la más joven, sin prestar atención a la madre, le dio un par de instrucciones rápidas sobre las cosas que debía llevar, quedó con ella para la recogida y se despidió de forma seca. Alicia sabía por experiencia que los familiares, acostumbrados a cuidar cada detalle, dependientes y esclavos a la vez, necesitaban algo más de apoyo, la seguridad de que estaban haciendo lo correcto, que esto no era un abandono.

Rosa, que así se llamaba la hija, se aferraba al brazo de su madre como si fuesen a robársela. Miraba el vehículo con los ojos muy abiertos y cargados de un miedo intenso, que contrastaba con la media sonrisa y el vacío absoluto con el que Carmen miraba a su alrededor. Alicia tendió la mano a Rosa, habló pausadamente y recogió sus informes y dudas sin dejar de sonreír. Tras un par de minutos el anclaje se suavizó y Rosa soltó a su madre con un gesto mitad alivio mitad culpabilidad. Alicia acompañó a la anciana hasta su sitio. Carmen le dio las gracias muy afectuosamente, y se puso a mirar por la ventana sin reparar en los gestos de despedida de su hija al otro lado.

"Si te entretienes así en todos vamos a llegar tarde", dijo Carlos al arrancar. "Es mi primer día y tienen que conocerme. Es probable que hoy lleguemos tarde pero mañana seguro que ya no", contestó Alicia sonriendo, sabiendo ya que sólo recibiría un gruñido del conductor. Carmen, vestida como si fuese a una cena importante con sus amigas, vestido granate y collar de perlas, miraba por la ventana sin prestar atención. Mantenía esa media sonrisa entre las arrugas de toda una vida, las manos inquietas jugando con los adornos del bolso. Probablemente no sabía adonde iba, pero con el tiempo aprenden a no preguntar todo lo que no saben, o quizá han olvidado hacerlo.

Tres paradas más adelante esperaba un anciano alto y muy tieso, con el pelo perfectamente peinado, la raya a la derecha y la camisa impecable. La mujer a su lado, en traje de chaqueta, reprendió a Alicia por llegar tarde y salió corriendo en cuanto pudo con el móvil en la oreja. Manuel, que así se llamaba su padre, la acompañó sin mirar atrás. Se cogió a su brazo con tanta firmeza y con un andar tan seguro que no se sabía quién llevaba a quién. Una vez dentro, agradeció a Alicia la ayuda con una sonrisa radiante llena de dentadura postiza y se sentó junto a Carmen como le indicaban.

Y a partir de ahí empezó todo. Cada día durante un año, Carmen y Manuel se descubrían, charlaban, se enamoraban, se despedían, se olvidaban. Cada día, excepto los pocos que alguno de los dos faltaba por cualquier razón. Un par de veces Alicia probó a sentarles separados, pero al subir por la tarde siempre estaban juntos igualmente, sonrientes tonteando como dos adolescentes en el autobús del colegio.

Casi siempre era Manuel el que primero descubría a Carmen, sentada a su lado jugando con el bolso o con el dobladillo de la falda, las manos inquietas, la media sonrisa helada como una máscara sobre el vacío. Entonces se retocaba el peinado, siempre perfecto, y la saludaba educado, llamando su atención. Y empezaba el cortejo. Carmen bajaba la mirada, pestañeando con una sonrisa escondida detrás de las manos cuando la hacía reir. Manuel tan educado, señalando los detalles del mundo exterior que Carmen se perdía con su mirada ausente. Ese baile duraba hasta la vuelta, como Alicia había podido comprobar con los compañeros del centro, distinto cada día en los detalles pero siempre igual.

A veces antes, a veces después, podías verles cogidos de la mano entre talleres, o sentados en un banco del jardín como si llevaran casados medio siglo, cuando no se habían conocido nunca antes de coincidir en la ruta. Algunos días en algún momento de la tarde ocurría el primer beso, y al volver en la ruta estaban más acaramelados. Una vez Tomás, otro de los viajeros sin memoria, protestó porque le molestaban las "carantoñas de la parejita", como si fuese un niño que se queja a la profe o un hermano pequeño gruñón, y otra de las veces Antonio, un señor de la ruta Norte, quiso probar suerte cortejando a Carmen en el comedor. Pero no funcionó. Como una trampa, como un extraño bucle, Carmen y Antonio siempre acababan juntos en el viaje de vuelta, abrazados a veces, a veces de la mano.

"Igual es el destino", le dijo Alicia a Carlos el viernes, esperando un soplido por respuesta. Carlos miró fugazmente en el retrovisor a la parejita feliz aunque sabía perfectamente de qué hablaban. "Si eso es el destino, es una santa putada... No sé nada de su vida de antes, ni quiero, pero imagino que son viudos los dos. Media vida solos y cuando vuelves a enamorarte no eres capaz de recordarlo ni un día entero... Imagínate. Por estas cosas prefiero no saber nada. Por eso los prefiero de los callados, de los invisibles. De los que dejas de ver, ¿sabes?".

Alicia asintió. No esperaba una respuesta, y menos algo así. Sabía que Carlos se protegía aislándose, porque acercarte siempre terminaba doliendo. Pero Alicia no podía evitar acercarse, iba con ellos, saludaba a los familiares, les peinaba de camino a casa, cogía sus manos para bajar el escalón, les miraba a los ojos cuando se quedaban sin palabras. Y no, no prefería a los invisibles, encerrados en su mente inexpugnable, tensos y silentes, a veces con la mirada fija, a veces con los ojos llenos de miedo. Tampoco prefería a los impredecibles, que a veces se rebelaban contra el olvido, se volvían violentos y pagaban con ella la impotencia de perderse. No quería preferir, ni elegir. Sólo quería recordar que llevaba personas, generalmente aterradas, que iban olvidando el miedo cuanto más se perdían.

Así que pasó todo el fin de semana pensando en el lunes, en el aniversario de Carmen y Antonio, aunque ellos no lo supieran. El domingo llamó a unas compañeras del centro y juntas lo prepararon todo. Carlos silbó al verla esperando. "Guau. Y con el pelo suelto... vaya, ¿qué celebramos?", dijo mientras subía. "Hoy hacemos un año", contestó con una sonrisa llena de carmín.

Carmen estaba esperando en la misma acera de siempre. El pelo recogido con un pasador, elegante con su collar de perlas y una falda a media pierna. La sonrío mientras la sentaba. "Gracias, guapa". Alicia hacía un año que vivía sin nombre la mitad del día, pero estaba acostumbrada. Tres paradas después, Manuel tan puntual y estirado, la hija huyendo. La misma cortesía firme.

A los cinco minutos el ritual daba comienzo a falta del gong inicial, como una película que has visto mil veces, una canción que no paras de escuchar. Las frases distintas, pero las mismas historias en general. Probablemente se contaban lo que podían recordar, rellenando vacíos con lugares comunes. Al llegar al centro, Manuel ayudó a Carmen a levantarse con delicadeza infinita, y ella le sonrió coqueta. Antes de entrar, ella señaló unas flores y le dijo que eran azucenas, como su madre. Él se mostró interesado mientras le abría la puerta, galante. Se perdieron tras los cristales con una mañana repleta de actividades por delante.

Alicia pasó ese día en el centro con Sonia, una de las fisios. Prepararon una de las aulas con todos los detalles. Velas, música, hasta un mantel bordado que había traído Concha, la conserje. De vez en cuando iban a espiar cómo avanzaba el amor hoy, o salían a fumarse un cigarrillo y hablar del mundo más allá de esas paredes. Una de las veces que salieron, Carlos estaba fumando apoyado en un muro. Alicia se acercó, y tras unas caladas en silencio sin más siguió la conversación del viernes. "Lo del destino al final no está tan mal pensado... Imagina que sólo uno de ellos recordase". Carlos no contestó, pero tampoco gruñó.

A media tarde, cuando sólo faltaba una hora y media para el viaje de vuelta, Sonia y David, otro de los terapéutas, trajeron a la pareja al aula. Sinatra cantaba desde los altavoces de un iPod, las velas alumbrando una cena sencilla. Al fin y al cabo no era hora de cenar, pero a ellos no pareció importarles. Ni siquiera cuestionaron el por qué. Alicia imagino que igual que el miedo, la sorpresa tiende a desaparecer con el olvido, como una especie de reset emocional.

"Vuestra primera cita, una de verdad", decía Sonia mientras Manuel apartaba la silla como un caballero. Y allí se quedaron los tres entre las sombras junto a la ventana, testigos de un cambio en el bucle. La pareja reía, charlando animada sobre cosas sin importancia. Conociéndose para olvidarse en unas horas como cada vez, pero eso ahora daba igual.

En algún momento, cuando la parejita bailaba una lenta de su juventud, entraron Concha y Carlos. Ella lloraba emocionada como en una boda. "Ya no quedan caballeros como los de antes, ¿eh, Concha?", susurró David. Carlos amagó una sonrisa y tendió la mano a Alicia. "Nosotros también hacemos un año. Quiero mi baile". Y Frank cantó un par más, con 3 parejas moviéndose despacio a la luz de las velas y una conserje secándose las lágrimas con una servilleta bordada.

La cita terminó. Era la hora de marcharse, con la sensación de haber vivido un momento mágico. Carlos y Alicia seguían a la pareja fuera, donde esperaba la furgoneta. Manuel y Carmen seguirían con sus charlas vacías y carantoñas hasta que él se bajase. Ella pegaría la cara al cristal, con una sonrisa adolescente, y le despediría con la mano, a veces le soplaba un beso. Manuel esperaba en la acera con su nieto hasta que el autobús se perdía. Carmen seguiría tres paradas más, quizá olvidando ya mientras la sonrisa de jovenzuela enamorada se vaciaba hasta volverse una mueca de plástico. La mirada perdida de nuevo.

Alicia sabía que todo eso pasaría. La noche resetearía el amor, y al día siguiente volverían a conocerse de nuevo. No recordarían nada, pero el resto de los presentes sí, y quizá con eso bastaba.

Carmen, amarrada al brazo de Manuel, soltó una mano para señalar unas flores mientras salían. "Mira, eso son azucenas. Así se llamaba mi madre". Él se mostró interesado.


Te llevo escondido bajo la piel, como un tatuaje secreto, uno que se refleja en los espejos y estoy cansada de ver. Te llevo clavado como astillas en algún lugar del pecho, uno que a veces duele y estoy cansada de buscar. Te llevo dentro, como un okupa no invitado, habitando en los espacios donde el olvido no anidó. Te llevo como un equipaje, como una cicatriz, como un silencio. Te llevo y no quiero sentirte.

Voy a arañarte de mí aunque me haga heridas, voy a arrancarte a pedazos aunque dejes vacíos, no puedo dejarte ser. No quiero quererte así. No quiero tenerte en mí si no puedo tenerte cerca. No es que duelas, pero molestas cuando quiero echar a andar, como un ancla que me amarra al sueño que no eres, un peso adicional. Y no es sólo culpa tuya, porque te he dejado acomodarte entre mis costillas, te he dejado habitarme casi sin querer pensando que no importaba. Quizá sí importa ahora que lo pienso. Y por eso, voy a dejar de quererte.

Puede que cueste exorcizarme de ti, ya que a fuerza de permitirte ser le perteneces a mi cuerpo tanto como mis manos. Cierro los ojos y ahí estás tú, asentado bajo los párpados. Voy a borrarte de mis sueños y dibujarlos nuevos, para echar a correr dejándote atrás. Sólo tengo un miedo, sólo uno. Me pregunto si al echarte, al arrancarte de mi pecho y obligarte a marchar, seguiré sonriendo como ahora.

Quizá me llene de vacíos, los sueños en blanco y la ilusión desterrada. Frío donde había cálida promesa, un espejo de miedos. Quizá me crezca otra herida de emociones frustradas, o me pese la soledad en la ahora que me deleito. Pero lo cierto es que prefería hablar contigo cuando no quería besarte. Lo cierto es que quisiera poder darle oportunidad a alguien, en vez de simplemente dejar que sonrían a mi alrededor, como una actuación que no he pedido ver. Ni siquiera sé cómo hueles, y sin embargo ahí estás, haciendo cosquillas bajo la piel, acariciando mi ser con tus palabras de plata. Yo soy verdad, soy viento, soy risa y soy canción. No seré ni más ni menos, ni para ti ni para nadie.

Voy a dejar de quererte, me lavaré tus huellas hasta que sangren si es preciso, y me dejaré limpia de ti. Voy a sacarte de dentro. Voy a arrancarte de mí. Quiero dejar de llevarte, para poder quererme en libertad. Sal o entraré a echarte, y si una vez fuera te pierdes o te pierdo, trataré de enseñarte el camino de vuelta sólo si prometes no volver a invadirme. Hoy no quiero pasajeros.

Victor había bajado a comprar algo para comer, quizá un postre suculento que endulzara la cena del hospital. Era la primera vez en todo el día que salía de la habitación. Sandra apagó la tele, agradeciendo esos momentos de silencio. Al menos todo el silencio que se puede esperar en una planta atestada de recién nacidos en la hora en que los celadores pasean las bandejas de la cena por los pasillos. Necesitaba por fin unos momentos a solas con Virginia (porque así se iba a llamar, gustase o no a su suegra), que dormía plácidamente envuelta en sus latidos, tan bonita que casi dolía.

En esos instantes Sandra no podía evitar preguntarse qué pasó por la cabeza de su madre cuando la tuvo en brazos por primera vez. Qué soñaba para su hija, qué esperaba de ese pequeño ser indefenso y vulnerable. No podía culpar a su madre de sus expectativas, no podía echarle en cara el ser reflejo de una generación y de un modo de pensar tan patriarcal como el mejor cuento Disney. Imaginaría a la pequeña Sandra bella y sumisa, princesa esperando a su media naranja, que llegaría subido en un corcel, ama de su casa, feliz en su pequeño mundo. Nunca le había ocultado a su hija lo poco que entendía sus ambiciones, su trabajo, sus novios variados, esa libertad que a ojos de su madre sólo podía llevar a complicaciones.

Quizá en muchos sentidos la de Sandra - llena de prisas y de retos, la frustración del inconformismo, tantos huecos por cubrir, siempre corriendo para llegar al siguiente sueño-, era infinitamente menos sencilla que la vida de su madre, pero también vivir en una caja sería más sencillo. Cada uno era libre de decidir, pero prefería imaginar a su hija una existencia compleja y rica en matices. Se había pasado media vida haciendo listas mentales de cosas que no haría a sus hijos, la mitad de las cuales había olvidado al enfriarse el enfado adolescente. Muchas de ellas seguramente las repetiría con Virginia, quizá incluso dándose cuenta de la contradicción, pero con algunas no lo haría.


Así que alargó la mano para apartar la sábana del rostro dormido de su hija, dispuesta a desvelarle los secretos que ella tanto tardó en descubrir. Ese ser minúsculo que había logrado hacerla sentir completa, juguete frágil de la genética, abrió la boca en un perfecto bostezo silencioso, con las manitas aferrándose al aire, y se arrebujó como un gatito contra su pecho. Entonces, mientras esbozaba una sonrisa y rozaba esa manita rosada, Sandra estalló en sentimientos tan contrarios que casi la partían en dos. La felicidad más intensa y el miedo más aterrador. Una lágrima resbaló sobre la sonrisa, enorme y salada, mojando el pijama de Virginia. Y en un susurro roto, Sandra empezó a hablar antes de que dejaran de estar solas, antes de que el mundo siguiera su curso, antes de que no se atreviera a decirlo en voz alta.

"Hola otra vez, pequeña. Te vas a tener que acostumbrar a mi voz, porque pienso pasarme la vida hablándote o escuchándote, al menos mientras me dejes. Quizá es muy pronto para que entiendas lo que te voy a decir, pero me ha costado una vida recopilarlo, y de la mitad sólo domino la teoría. Verás que la práctica nos la ponemos dificil a veces.

Vas a ser una mujer preciosa, sobre todo si has sacado los ojos de tu padre. Me he pasado el embarazo deseando que lo hicieras, porque fue lo que me enamoró de él. Tu belleza será tanto don como maldición. Algunas cosas te serán más fáciles, pero no serán las importantes. La vida es casi siempre difícil para una mujer bonita, porque tendrás que ganarte cada paso del camino y demostrar que merecías darlo. Pero la belleza, cariño, es efímera. No te pases la vida pendiente de ella o te volverás loca cuando se vaya marchitando. Lo verdaderamente importante es ser feliz, que haya algo detrás de tu sonrisa, y ese es un trabajo de tiempo completo.

No te creas los cuentos que te leerá tu padre, llenos de princesas y dragones, príncipes azules que las salvan de aburridas vidas para encerrarlas en vidas aún más aburridas con la excusa del amor. Ningún amor vale la pérdida de libertad, y ningún príncipe te hará libre. Elige, cariño, o elegirán por ti. No dejes que nadie tome por ti decisiones importantes. No te sientas culpable por cosas que no dependan de ti. Te enamorarás, te harán daño, te recuperarás y vuelta a empezar. Es un juego que duele pero vale la pena, porque a fuerza de apostar a veces ganas. Pero tu vida no puede depender sólo de ello.

Virginia, esto es una de las cosas que más me ha costado ver. Tu abuela me hizo creer casi sin querer que la vida hay que vivirla esperando a esa persona que te haga sentir completa. Si necesitas que alguien te complete, entonces hay un problema que será mejor que soluciones a solas. Vive, disfruta, siente el equilibrio, piérdelo, equivócate. Llena cada minuto y no pierdas el tiempo en cosas que no tienen importancia. Decidir qué lo tiene y que no será dificil, y seguro que discutiremos un montón sobre ello...

La verdad es que ahora, justo ahora, de repente me doy cuenta de que tengo una vida entre las manos, una vida trenzada a la mía con lazos tan intensos que hacen que me muera de miedo. Todo es tan difícil a veces que haría lo que fuera para evitarte el dolor, te encerraría en un canasto de algodones y chuches para salvarte de vivir, pero te tienes que caer de vez en cuando, aprender de tus heridas, llorar. Vale tanto la pena cuando te levantas, cuando ríes, cuando sigues caminando.

Mi niña, hay cosas que tendremos que hablar tranquilamente cuando crezcas un poco, y tu padre pondrá caras raras si las escucha, pero si quieres vivir un cuento, si al final eliges ser princesa, espero que te conviertas en dragonesa cuando te bese el príncipe. Tienes tantas cosas por vivir que no creo que te dé tiempo a limpiar el palacio, así que..."

"¿A limpiar el palacio?". Sandra levantó la mirada, una lágrima sorprendida a medio camino hacia la barbilla, y sonrió traviesa. Victor estaba apoyado en la puerta con dos helados en la mano, el pelo revuelto y la camisa arrugada. "Nada más nacer y ya la vas a educar para princesa..."

"En todo caso para princesa republicana."

Sandra liberó una mano para secarse las lágrimas. Virginia dormitaba aún, minúscula e inmóvil. Toda la vida por delante, tantas incógnitas, quedaban tantas cosas que decir... Ya habrá tiempo, pensó cogiendo el helado antes de que se derritiera en el calor de la habitación. Eso es lo que ahora corría más prisa.

Quiero ser susurro atronador, quiero rasgar la noche con mi silencio afilado, sonreír a la luna con altivo respeto, calarme de la lluvia que tanto anhelo. Quiero comerme la soledad con cubiertos de plata, y reírme de todo, y reírme de nada. Quiero marcar diferencias al andar de puntillas, quiero ser diferente cada vez que me miras, quiero bailar cuando calle la música, y hacerme la dura leyendo entre líneas. Quiero derretirme sin besos ajenos, ser dama o ser puta nunca fueron extremos, quiero gritar en callada alegría, o llorar transparencias sin necesidad de agonía. Quiero vivir. Quiero querer, y me quiero, porque no me hace falta amor si no lo llevo dentro, no me hacen falta besos si no los deseo, y si no los mereces, o si no los merezco. Quiero guardar recuerdos en cada bolsillo, saltar en los charcos de cualquier niño, mirar la vida en clave de dibujo, suspirar, respirar, inspirar, soplarte. Quiero recordar voces y letras, quiero cantar las canciones secretas, como si no hubiera mundo, como si el tiempo esperara, como si no tuviera nada para mañana. Quiero llenar la nevera de tuppers, con sobras de sobras que nunca se acaban, quiero sortear mi alma, o quizá esquivarla, quiero mirarla, entenderla, coserla en pedazos, llenar con retazos un corazón repleto. Quiero tenerte, ser libre, volar. Quiero prenderme, ser aire, soñar. Quiero pies descalzos, quiero nuevas metas, quiero bailar tu danza, quiero sondear la brisa, partir candados, romper los dados, jugar sin reglas, y ganar. Quiero arrancarme el tiempo parado, quiero caminar los pasos andados, quiero girar en la calle más larga, quedarme sin aire jugando entre sábanas, surcar paraísos, gastarme los labios, llenar mis vacíos, rasgar los vestidos, subirme a tacones desnuda y a oscuras, que caiga la ropa olvidada en el suelo, quiero encender la luz, quiero quemar la cama, quiero saldar las deudas, quiero lamer la nata, quiero gritar. Quiero sorpresas, saber si me besas, quemar las llaves de vuelta al pasado, acordarme de todo cuando rozo tu mano. Quiero ser yo, cada estrofa de mi vida, sin cadenas, con sonrisas, con las alas susurrando horizontes, sin necesidad de aprender más razones, sin más choques. Quiero mantener el sonoro silencio de la soledad elegida, quiero anhelarla como la odio, quiero disfrutarla como la sufro, quiero tenerla porque es tenerme, quiero crecer siendo una por una vez, quiero aislar la dicha de estar completa, viajar descalza, quedarme quieta, surcar la noche, saltar a ciegas, quiero sentirme viva, soñar despierta. Quiero vivirme, tal como soy, tal como seré en un minuto, en un año, en diez. Quiero volar, y no hay ancla que me arrastre al suelo cuando la libertad me eleva, nadie puede robarme la música de mis venas, quiero sentirme en mi piel, ser sagrada en mi pecado, ser mujer en tu regazo, respirar cada segundo, quiero no necesitar sino querer. Quiero. Soy. Merezco. Vivo. Mira.

Llegas como lluvia a mi ventana, precedido de destellos, quizá seguido de truenos, tocando mi cristal como si fuese un instrumento, dispuesto a sacarle melodía a la tormenta.

Acaricias el alfeizar como tus zarpazos de agua, pero cuando alzo la vista, ya sólo quedan rastros de las gotas que huyeron. Nada más. Quizá ignoras, maybe not, que anhelo la lluvia desde que recuerdo. Quizá ya sabes que abro las ventanas cuando el primer relámpago rasga la noche, dejando heridas en la oscuridad de mi retina.

A veces salgo corriendo cuando siento ese aroma a tierra mojada, cuando los árboles empiezan a bailar con la brisa húmeda, la canción de sus hojas preludio del concierto que vendrá. El trueno rompiendo la paz con su grito. El aire cargado de un olor primigenio, hormona de la naturaleza.

Salgo corriendo a calarme de libertad, a que me besen las gotas con sus labios de nube, con la piel de gallina, encerrando un alma de punta que no quiere estar encadenada. Y espero, espero el rocío del agua en mi pelo, perlando mi risa con húmedo llanto, la lluvia cantando sobre la tierra desnuda, y me sobra la ropa, y me sobran las dudas, y me faltan caricias para compartirlas a oscuras.

Salgo porque soy libre de limpiarme la vida como quiera, de mojarme de sueños en medio de la tormenta. No es la melodía de tus dedos en el cristal lo que me hace salir corriendo, anhelante, deseosa. La lluvia en la ventana, fugaz, no es más que un juego. Es el baño de húmeda libertad, es la tempestad misma lamiendo mi piel, lo que quiero. El resto es sólo distintas gotas, misma canción.

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