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Alicia se arregló especialmente esa mañana, un broche de tela en el uniforme y un poco de carmín en la sonrisa. Hacía un año que trabajaba en la ruta Sur del centro de día para ancianos con Alzheimer, y era un día especial. Alicia necesitaba marcar días en el calendario, recordar fechas y celebrarlas como una especie de salvavidas flotando en el mar de olvido de su rutina. Necesitaba creer que había día especiales, que la vida no era una sucesión de horas.

Un lunes hacía un año, Alicia se presentó en el lugar acordado. Carlos, su compañero, la puso al día en un momento con pocas palabras. "Es sencillo, yo conduzco y tú te preocupas de que no se caiga nadie. Donde pare, bajas, sonríes al familiar, ayudas al abuelo a subir, le sientas y me avisas cuando pueda arrancar. Todos sentados  hasta el centro y todo irá bien. Eso es todo." Encendió un cigarrillo, puso la radio y arrancó. Al principio su silencio era incómodo y cortante, una soledad acompañada, pero a lo largo de los meses Alicia aprendió a leer en sus gestos e incluso a propiciar pequeñas conversaciones de camino a la primera parada.

Ese lunes en concreto la primera parada era nueva. Carlos puso con las luces de emergencia y bajó con ella sin decir nada. Dos mujeres esperaban en la acera, claramente madre e hija. Carlos fue directamente hacia la más joven, sin prestar atención a la madre, le dio un par de instrucciones rápidas sobre las cosas que debía llevar, quedó con ella para la recogida y se despidió de forma seca. Alicia sabía por experiencia que los familiares, acostumbrados a cuidar cada detalle, dependientes y esclavos a la vez, necesitaban algo más de apoyo, la seguridad de que estaban haciendo lo correcto, que esto no era un abandono.

Rosa, que así se llamaba la hija, se aferraba al brazo de su madre como si fuesen a robársela. Miraba el vehículo con los ojos muy abiertos y cargados de un miedo intenso, que contrastaba con la media sonrisa y el vacío absoluto con el que Carmen miraba a su alrededor. Alicia tendió la mano a Rosa, habló pausadamente y recogió sus informes y dudas sin dejar de sonreír. Tras un par de minutos el anclaje se suavizó y Rosa soltó a su madre con un gesto mitad alivio mitad culpabilidad. Alicia acompañó a la anciana hasta su sitio. Carmen le dio las gracias muy afectuosamente, y se puso a mirar por la ventana sin reparar en los gestos de despedida de su hija al otro lado.

"Si te entretienes así en todos vamos a llegar tarde", dijo Carlos al arrancar. "Es mi primer día y tienen que conocerme. Es probable que hoy lleguemos tarde pero mañana seguro que ya no", contestó Alicia sonriendo, sabiendo ya que sólo recibiría un gruñido del conductor. Carmen, vestida como si fuese a una cena importante con sus amigas, vestido granate y collar de perlas, miraba por la ventana sin prestar atención. Mantenía esa media sonrisa entre las arrugas de toda una vida, las manos inquietas jugando con los adornos del bolso. Probablemente no sabía adonde iba, pero con el tiempo aprenden a no preguntar todo lo que no saben, o quizá han olvidado hacerlo.

Tres paradas más adelante esperaba un anciano alto y muy tieso, con el pelo perfectamente peinado, la raya a la derecha y la camisa impecable. La mujer a su lado, en traje de chaqueta, reprendió a Alicia por llegar tarde y salió corriendo en cuanto pudo con el móvil en la oreja. Manuel, que así se llamaba su padre, la acompañó sin mirar atrás. Se cogió a su brazo con tanta firmeza y con un andar tan seguro que no se sabía quién llevaba a quién. Una vez dentro, agradeció a Alicia la ayuda con una sonrisa radiante llena de dentadura postiza y se sentó junto a Carmen como le indicaban.

Y a partir de ahí empezó todo. Cada día durante un año, Carmen y Manuel se descubrían, charlaban, se enamoraban, se despedían, se olvidaban. Cada día, excepto los pocos que alguno de los dos faltaba por cualquier razón. Un par de veces Alicia probó a sentarles separados, pero al subir por la tarde siempre estaban juntos igualmente, sonrientes tonteando como dos adolescentes en el autobús del colegio.

Casi siempre era Manuel el que primero descubría a Carmen, sentada a su lado jugando con el bolso o con el dobladillo de la falda, las manos inquietas, la media sonrisa helada como una máscara sobre el vacío. Entonces se retocaba el peinado, siempre perfecto, y la saludaba educado, llamando su atención. Y empezaba el cortejo. Carmen bajaba la mirada, pestañeando con una sonrisa escondida detrás de las manos cuando la hacía reir. Manuel tan educado, señalando los detalles del mundo exterior que Carmen se perdía con su mirada ausente. Ese baile duraba hasta la vuelta, como Alicia había podido comprobar con los compañeros del centro, distinto cada día en los detalles pero siempre igual.

A veces antes, a veces después, podías verles cogidos de la mano entre talleres, o sentados en un banco del jardín como si llevaran casados medio siglo, cuando no se habían conocido nunca antes de coincidir en la ruta. Algunos días en algún momento de la tarde ocurría el primer beso, y al volver en la ruta estaban más acaramelados. Una vez Tomás, otro de los viajeros sin memoria, protestó porque le molestaban las "carantoñas de la parejita", como si fuese un niño que se queja a la profe o un hermano pequeño gruñón, y otra de las veces Antonio, un señor de la ruta Norte, quiso probar suerte cortejando a Carmen en el comedor. Pero no funcionó. Como una trampa, como un extraño bucle, Carmen y Antonio siempre acababan juntos en el viaje de vuelta, abrazados a veces, a veces de la mano.

"Igual es el destino", le dijo Alicia a Carlos el viernes, esperando un soplido por respuesta. Carlos miró fugazmente en el retrovisor a la parejita feliz aunque sabía perfectamente de qué hablaban. "Si eso es el destino, es una santa putada... No sé nada de su vida de antes, ni quiero, pero imagino que son viudos los dos. Media vida solos y cuando vuelves a enamorarte no eres capaz de recordarlo ni un día entero... Imagínate. Por estas cosas prefiero no saber nada. Por eso los prefiero de los callados, de los invisibles. De los que dejas de ver, ¿sabes?".

Alicia asintió. No esperaba una respuesta, y menos algo así. Sabía que Carlos se protegía aislándose, porque acercarte siempre terminaba doliendo. Pero Alicia no podía evitar acercarse, iba con ellos, saludaba a los familiares, les peinaba de camino a casa, cogía sus manos para bajar el escalón, les miraba a los ojos cuando se quedaban sin palabras. Y no, no prefería a los invisibles, encerrados en su mente inexpugnable, tensos y silentes, a veces con la mirada fija, a veces con los ojos llenos de miedo. Tampoco prefería a los impredecibles, que a veces se rebelaban contra el olvido, se volvían violentos y pagaban con ella la impotencia de perderse. No quería preferir, ni elegir. Sólo quería recordar que llevaba personas, generalmente aterradas, que iban olvidando el miedo cuanto más se perdían.

Así que pasó todo el fin de semana pensando en el lunes, en el aniversario de Carmen y Antonio, aunque ellos no lo supieran. El domingo llamó a unas compañeras del centro y juntas lo prepararon todo. Carlos silbó al verla esperando. "Guau. Y con el pelo suelto... vaya, ¿qué celebramos?", dijo mientras subía. "Hoy hacemos un año", contestó con una sonrisa llena de carmín.

Carmen estaba esperando en la misma acera de siempre. El pelo recogido con un pasador, elegante con su collar de perlas y una falda a media pierna. La sonrío mientras la sentaba. "Gracias, guapa". Alicia hacía un año que vivía sin nombre la mitad del día, pero estaba acostumbrada. Tres paradas después, Manuel tan puntual y estirado, la hija huyendo. La misma cortesía firme.

A los cinco minutos el ritual daba comienzo a falta del gong inicial, como una película que has visto mil veces, una canción que no paras de escuchar. Las frases distintas, pero las mismas historias en general. Probablemente se contaban lo que podían recordar, rellenando vacíos con lugares comunes. Al llegar al centro, Manuel ayudó a Carmen a levantarse con delicadeza infinita, y ella le sonrió coqueta. Antes de entrar, ella señaló unas flores y le dijo que eran azucenas, como su madre. Él se mostró interesado mientras le abría la puerta, galante. Se perdieron tras los cristales con una mañana repleta de actividades por delante.

Alicia pasó ese día en el centro con Sonia, una de las fisios. Prepararon una de las aulas con todos los detalles. Velas, música, hasta un mantel bordado que había traído Concha, la conserje. De vez en cuando iban a espiar cómo avanzaba el amor hoy, o salían a fumarse un cigarrillo y hablar del mundo más allá de esas paredes. Una de las veces que salieron, Carlos estaba fumando apoyado en un muro. Alicia se acercó, y tras unas caladas en silencio sin más siguió la conversación del viernes. "Lo del destino al final no está tan mal pensado... Imagina que sólo uno de ellos recordase". Carlos no contestó, pero tampoco gruñó.

A media tarde, cuando sólo faltaba una hora y media para el viaje de vuelta, Sonia y David, otro de los terapéutas, trajeron a la pareja al aula. Sinatra cantaba desde los altavoces de un iPod, las velas alumbrando una cena sencilla. Al fin y al cabo no era hora de cenar, pero a ellos no pareció importarles. Ni siquiera cuestionaron el por qué. Alicia imagino que igual que el miedo, la sorpresa tiende a desaparecer con el olvido, como una especie de reset emocional.

"Vuestra primera cita, una de verdad", decía Sonia mientras Manuel apartaba la silla como un caballero. Y allí se quedaron los tres entre las sombras junto a la ventana, testigos de un cambio en el bucle. La pareja reía, charlando animada sobre cosas sin importancia. Conociéndose para olvidarse en unas horas como cada vez, pero eso ahora daba igual.

En algún momento, cuando la parejita bailaba una lenta de su juventud, entraron Concha y Carlos. Ella lloraba emocionada como en una boda. "Ya no quedan caballeros como los de antes, ¿eh, Concha?", susurró David. Carlos amagó una sonrisa y tendió la mano a Alicia. "Nosotros también hacemos un año. Quiero mi baile". Y Frank cantó un par más, con 3 parejas moviéndose despacio a la luz de las velas y una conserje secándose las lágrimas con una servilleta bordada.

La cita terminó. Era la hora de marcharse, con la sensación de haber vivido un momento mágico. Carlos y Alicia seguían a la pareja fuera, donde esperaba la furgoneta. Manuel y Carmen seguirían con sus charlas vacías y carantoñas hasta que él se bajase. Ella pegaría la cara al cristal, con una sonrisa adolescente, y le despediría con la mano, a veces le soplaba un beso. Manuel esperaba en la acera con su nieto hasta que el autobús se perdía. Carmen seguiría tres paradas más, quizá olvidando ya mientras la sonrisa de jovenzuela enamorada se vaciaba hasta volverse una mueca de plástico. La mirada perdida de nuevo.

Alicia sabía que todo eso pasaría. La noche resetearía el amor, y al día siguiente volverían a conocerse de nuevo. No recordarían nada, pero el resto de los presentes sí, y quizá con eso bastaba.

Carmen, amarrada al brazo de Manuel, soltó una mano para señalar unas flores mientras salían. "Mira, eso son azucenas. Así se llamaba mi madre". Él se mostró interesado.


La mayoría de las habilidades circenses se basan en dos cosas; sonreir mientras el mundo se derrumba y avanzar contra el miedo. Pete sabía esto desde hacía años, incluso antes de que le rompieran el corazón. Y entonces, cuando Sarah desapareció tras una nota y una traición, él se maquilló las lágrimas, se vistió de ser vivo y sacó su muerte al escenario con la sonrisa pintada en la cara. La función fue perfecta, la gente aplaudía a rabiar sin vislumbrar sus ojos brillantes en las alturas, o quizá lo vieron y pensaron que era emoción. Qué extraño poder transmitir emociones cuando estás encerrando un cadáver entre brillantina y lentejuelas.

Al día siguiente, con el éxito olvidado en los bolsillos, hizo una maleta sencilla y abandonó el circo sin mirar atrás. Siempre procuraba correr más que su pena, hasta que un día la adelantó, despistándola en algún requiebro, y simplemente dejó de sentir. La soledad le acompañaba, trabajaba para comer y huía cuando era posible. A veces simplemente actuaba en las calles y parques, los rostros de los transeuntes simples maniquís pasajeros vistos a través de su sonrisa de plástico. Un día, miles de kilómetros después, de repente encontró algo que le hizo detener la huída, algo que encendió una llama dentro, algo que le hizo sentir.

La niña más triste del mundo se sentó frente a él en un parque una tarde. Pete había parado la función para devorar un sandwich y unas mandarinas, acostumbrado a que nada tuviera sabor, y no se molestó en hablarla. Sabía que se cansaría de esperar y se marcharía. La niña tendría unos doce años, y miraba el mundo con unos ojos inmensos de un azul glacial que no podía existir, supurando dolor desde su silencio. Cada vez que miraba a Pete, él se sentía incómodo bajo su escrutinio. Le parecía que estaba pidiendo ayuda, algo que él con su corazón muerto desde luego no podía ofrecer.

Incapaz de soportarlo más, sacó su sonrisa de la maleta y realizó unos malabares perfectos con las cuatro mandarinas que tenía. Volaban, se cruzaban, jugaban en el aire, y mientras Pete no dejó de mirar esos ojos, que no se apartaron ni un segundo de su mirada. Pero el espectáculo debe continuar, y Pete se levantó con la sonrisa de cartón para realizar todos sus trucos y técnicas. Hizo malabares incontables, acrobacias increíbles, surcó el césped con su monociclo a gran velocidad y hasta desempolvó los trucos de magia. La niña, impasible y ahora de pie le miró hacerlo con profundo interés mientras despedía una tristeza insondable. Varios transeuntes hicieron corrillos de admiración que iban y venían, las monedas tintineaban en una manta extendida, y la niña seguía ahí, incansable en su inamovible dolor.

Al final, sin ningún as más en la manga, se desmontó del monociclo frente a ella, se quitó la sonrisa gastada, y le preguntó "¿Qué quieres que haga?". Ella, con una voz tímida y pequeña susurró señalando el viejo sillín y su única rueda; "¿Me puedes enseñar a montar en esto?". "Bueno, imagino que podría". Y aunque no había ninguna razón para hacerlo, lo hizo.

"Tienes que ponerte el sillín entre las piernas, inclinado, y colocar un pedal horizontal delante de ti. Ha de ser el de la pierna con la que tengas más fuerza". Dijo serio y firme mientras ajustaba la altura del mecanismo. "Cuando estés lista, pisarás con fuerza el pedal y darás un pequeño salto para delante con todo tu cuerpo. El monociclo estará de pie y tú encima, te inclinarás hacia delante como si fueses a caerte y seguirás pedaleando, porque el pedalear es lo que te salva del golpe contra el suelo. ¿Lo entiendes?". Ella asintió, seria y firme mientras examinaba el aparato.

El primer intento y unos cuantos de los que siguieron fueron un fracaso. Ni siquiera lograba pedalear, porque al verse arriba tenía miedo de caer, y bajaba inmediatamente dejando el monociclo detrás. "Yo me caí decenas de veces. Sin el golpe a veces no hay aprendizaje, y si tienes miedo de él nunca podrás avanzar ni un paso". Ella asintió, seria y firme mientras se recogía el pelo y apretaba los labios en una mueca de decisión. En el siguiente intento cayó de bruces al suelo. Tras cuatro caídas le dolía la muñeca y tenía pequeños puntitos de sangre en las manos, que se limpiaba en la falda cuando Pete decía que parase. "De todas formas me tengo que ir," dijo él. "¿Puedo venir mañana y volver a intentarlo?". "No sé si estaré, quizá mañana me vaya a otra ciudad". "Vendré igualmente".

No había ninguna razón para que él se quedara, pero al día siguiente él estaba ahí, y la niña apareció. Esperó a que él terminase su función, aplaudiendo impasible y seria entre el público, con los ojos más tristes del mundo. Al acabar, ella se puso unos guantes y cogió el monociclo mientras Pete recogía el resto de aparatos. La vio caer de pie varias veces antes de acercarse. "Tu problema es que tienes miedo de caerte, y te caes. En el circo, si te paras estás muerto. Tienes que avanzar más rápido cuanto mayor es el miedo, porque mientras avanzas estás seguro. ¿Crees que podría quedarme parado mucho rato en la cuerda?". Ella negó con la cabeza. "Ese es el secreto. No es no sentir miedo, es no darle importancia y seguir adelante. Cuando vayas a pedalear tienes que estar inclinada hacia delante, y te parecerá que te caes. Puedes bajarte como haces, o puedes tratar de pedalear y quizá caerte sobre las manos con suerte. Tú verás".

Una hora después, ella se había caído muchas veces, y él comía una manzana mientras reflexionaba sobre sus propias palabras. La vida no era tan distinta a lo que le había dicho a la niña, un montón de consejos que hacía tiempo que no seguía. De repente, sin previo aviso, ella se alzó sobre el sillín y pedaleo tres o cuatro veces antes de caer de pie. Fue corriendo hacia él, un poco de sangre seca de alguna caída en la barbilla, la adrenalina en las mejillas y los ojos vidriosos. Sonreía de una forma espectacular, como si de pronto hubiese salido el sol entre las nubes. "¿Lo has visto?". "Lo he visto. Muy bien". Pete sonrió mientras le revolvía el pelo, y la sonrisa era de verdad esta vez.

A partir de ese momento, Pete se dedicó a impartir talleres infantiles de circo y a recibir clases de vida. Sonreía aunque el mundo no estaba en continuo derrumbe, y avanzaba siempre contra el miedo. A veces se cayó de nuevo, pero de vez en cuando consiguió pedalear, y esos momentos sobre el sillín valían la pena.

Querido, no todo dura para siempre. Las rupturas siempre llenas de clichés me causan un aburrimiento infinito, pero me temo que en tu caso no quedan más que eso, frases vacías de despedida.

Creo que ambos llevábamos meses viendo llegar el final de esta historia, nuestra fecha de caducidad anunciada en el calendario a bombo y platillo. Tan cansada terminé de ti que empecé a soñar con el siguiente, con tu sustituto, con la libertad. Hace unos días lo conocí y fue un flechazo. Siento que te tengas que enterar así, pero ya hay otro en mi vida, y sinceramente espero que me dé todo lo que tú no fuiste capaz.

Está claro que no todo han sido lágrimas. Hemos pasado grandes momentos, gracias a ti he conocido gente muy interesante, gente que me ha llenado los huecos que tú dejabas con cada día de promesas vanas y esperanzas inconclusas. Tengo incontables imágenes de sonrisas juntos, uno a uno los recuerdos de aquellos compromisos que sí cumpliste, destellos de felicidad repartidos entre la rutina de una lucha. Pero en general, lo siento, no has sido suficiente. Lo que una vez fue un sentimiento intenso ahora es profunda indiferencia, y por qué no decirlo, la ilusión porque el que viene a ocupar tu vacío sea mejor. Imagino que siempre esperamos eso tras una decepción.

Me dirás que no todo ha podido ser culpa tuya, y quizá tengas razón. Las decisiones tomadas, los caminos escogidos, el resultado de tanta pelea por sobrevivir, por conseguir que nuestra relación fuese lo que debería haber sido, eso es todo mio. Pero has de reconocer que cada uno juega las cartas que le tocan, y no me lo has puesto fácil para ganar. Bastante he hecho con no tirar la toalla hace meses, aguantar hasta los últimos estertores, hasta que ya era inevitable.

Así que por favor, recoge tus cosas, querido. Date prisa en dejarme libre porque tengo ya tantos planes para tu sustituto que no me quedan días en el calendario. Pienso aprovechar cada momento, aunque sea no haciendo nada. Hasta eso pienso hacerlo bien esta vez. Empiezan a repartir las cartas y espero llevar una buena mano porque pienso quedarme jugando hasta que apaguen las luces y haya que marchar. Recoge tus cosas y vete, 2010, porque confío en que 2011 sea lo que nunca pudiste ser tú.

Un beso, cuídate y no vuelvas. Año muerto, año puesto.

A veces los nombres no son necesarios. Él podía llamarse Aquiles por unas horas, el mentón cuadrado y esas proporciones ciclópeas de héroe mitológico. Ella simplemente se llamaba Camarera. Nada como una barra como para hacerte irresistible.

Ella tenía el alma rayada porque algún cabrón la había arañado con las llaves al pasar, y demasiadas noches entre alcohol sin beberlo. Ese viernes había empezado a servirse chupitos un par de horas antes, matizando las lágrimas con vodka negro y cubreojeras. Sonreía silencios a los habituales y escondía cada parte de su ser para que no se manchase. La música parecía mejor esa noche, incluso tenía la impresión de que por alguna extraña razón el bar no olía mal hoy, a humo y humanidad, a falsas risas cubriendo vidas vacías, al desagüe de los días que se siguen sin más. Hoy olía a lima, a posibilidades, a preguntas. Olía a imprecisión infinita dejando puertas abiertas. A mojito entre bastidores, a reencuentro de amigos, sexo en el baño.

Aquiles simplemente estaba de paso, un turista más en el Madrid de agosto. Sólo sabía un par de frases en español, así que no puedo contarte cómo estaba su alma. El vocabulario no dio para tanto. Sólo puedo decir que cuando entró por la puerta a la camarera le dieron ganas de aplaudir como si acabase de terminar una gran obra de teatro. Se puso de pie y limpió la barra como un acto reflejo, sin darse cuenta, o quizá sí, de la maravillosa vista de su escote en pleno baile de seducción, que Aquiles disfrutó casi en primicia.

Y sobraron las palabras, los nombres. Son sólo letras para ocultar el resto. Hablamos para tapar las mentiras que nuestro cuerpo contaría si no lo hicieramos. Así que puede que esa noche fuese la relación más sincera en kilómetros a la redonda.

No puedo decir que el alma de la camarera estuviese menos rayada tras aquella noche de sexo en un balcón, Madrid testigo de pasión sin palabras. Ni siquiera puedo decir que Aquiles aprendiese español en esas horas. Quizá el mundo no mejoró, la música siguió demasiado alta, en el bar nunca olió a lima, y al amanecer la vida de toda esa gente que gritaba para hacer oir sus absurdas palabras de relleno volvió a ser aburrida y real. Quizá una vida aburrida y real con resaca y ojos de gamba. Y más palabras danzando al sol, rellenando minutos, corriendo hacia el futuro sin saber adónde van, simplemente corriendo para llegar antes.

Quizá ni Aquiles ni camarera fueron más felices, pero yo no puedo evitar pensar que en cierta forma se sintieron un poco más libres. No puedo evitar creerlo cuando los recuerdo sonriéndose en silencio a ambos lados de una barra de bar, llenando los momentos con gestos repletos de significado, creando bromas silentes que sólo ellos entendieron, comiéndose con la mirada, comunicándose con las hormonas. No puedo evitar pensar que lo fueron, y no puedo evitar sonreír cuando les veo de nuevo en mi mente saliendo juntos por la puerta. El gigante rubio salido de una epopeya, cada rasgo cincelado con la perfección de un diestro, y esa cara de no enterarse de casi nada en este país de locos y ruido. La camarera casi medio metro por debajo, bella incluso fuera de la barra en su silencio elegido, el sueño de los habituales habitantes de ese bar cumpliéndose ante sus ojos entre las manos de un extraño. Una mano de Aquiles deslizándose hacia abajo por la espalda hasta donde no llegan las miradas, la puerta se abre con una bocanada de aire, respiran, se ríen, se van.

A veces los nombres sobran. A veces el silencio es el mejor traje para los labios, y a veces la luz del sol no se carga una noche llena de mentiras en un bar. A veces vale la pena quien habita la barra, ver más allá de la alambrada, dejarse ver. Algunas noches son de verdad y nunca sabes cuál será la elegida, así que quizá haya que vivirlas casi todas y no correr hacia el final. Brindo por ello.


Esta es la historia de una niña que nació para hacer algo grande. Ella lo sabía, sus padres lo sabían, el médico que le palmeó el trasero para que llorara por primera vez lo sabía, hasta su perro parecía saberlo.

Como todo el mundo se había dado cuenta de ello, creció en medio de una expectación abrumadora. La gente que la rodeaba esperaba y observaba, atentos a una señal que les dijera qué gran destino la esperaba. Recibió los cuidados dignos de una niña débil y enferma en su cuna, por miedo a que se lastimase el don futuro. Susurros, algodones y polvos de talco. Sus grandes ojos azules examinaban este mundo extraño que contenía la respiración a su alrededor, tratando de aprehender toda la realidad con cada mirada.

Su madre, primeriza, tejía jerseys junto a la cuna soñando futuros. Las agujas bailaban entre sus manos mientras la veía dormir, mirar, comer, llorar y sonreír como quien admira La Capilla Sixtina desde el suelo marmóleo. Tan pequeña entre sus sábanas, tan frágil. ¿Para qué gran destino la estaría protegiendo? Cada tarde imaginaba uno distinto, a veces gloriosos, a veces morales, a veces imposibles, siempre lejanos. A veces se veía rodeada de riquezas, madre de una gran empresaria. Otras, acompañándola a recoger premios, su hija una importante investigadora, o artista, o actriz. En ocasiones, la imaginaba como el origen de la paz internacional.


Tardó en hablar más de lo normal, y de hecho nunca fue de las charlatanas. Nadie le apremió a hacerlo, quién sabe si no era parte de su destino. Les oía susurrar tras la puerta, pero no hablaban demasiado delante de ella para no influenciarla, con lo que el mundo de las palabras nunca pareció importante. Y ella miraba el mundo en su silencio absorto. "Es que es muy observadora", decía su madre. "Lo analiza todo, puede que vaya a ser una gran investigadora", decía su abuela.

Los años pasaron en silencio, mientras todos aguardaban una señal. Como quien espera que el cielo se torne negro en un eclipse, como el primer amanecer en la playa, como un nudo en el estómago de la realidad.

No fue una alumna destacada, aunque no fuese de las que suspendía. Simplemente mediocre. "Tampoco lo fue Einstein", decía su padre, y nadie preguntó nada más. Ella examinaba el mundo desde sus enormes ojos, y éste le devolvía una mirada inquisidora. Todo el mundo sabía que le esperaba algo grande, incluso ella lo sabía, pero en su interior, bien dentro de esa silenciosa concha, no tenía ni idea de lo que era, y esto la asustaba. Sentía una expectación que no sabía si lograría cumplir, crecía entre algodones e interrogantes, pero nadie se acercaba lo suficiente como para aconsejarla, nadie le ayudaba a caminar en ninguna dirección. Estaba perdida.

Su madre, sentada en el sofá del salón, imaginaba futuros cada vez más inciertos, las agujas del reloj bailaban entre sus dedos mientras trataba leer futuro en cada gesto de su hija. La vida pasó en la espera infinita, en la quietud de quien aguarda sin andar que el mundo camine por ella.

Y esperó esa señal, todos lo hicieron, hasta que el vacío de su interior explotó en silencio una tarde de verano. Su madre tejía mantas y quimeras en el mismo sofá, pero ahora le temblaban más las manos. Laura levantó la vista y la miró con unos ojos que no eran suyos, y supo que había llegado el momento. Vio el cambio con nitidez cuando Laura se acercó con paso firme, sin bajar la mirada. Esperó, olvidándose de respirar, la gran revelación. Era el momento aguardado, las agujas morían entre sus dedos.

Laura le puso la mano en el hombro y dijo "Me voy, mamá.". Nunca fue de las charlatanas. Y se fue.

Su madre ahora imagina presentes brillantes entre colchas de lana. Las agujas traquetean inseguras entre los dedos mientras ella maquina vidas maravillosas desde el asiento. Laura estaba destinada a hacer algo grande, ella lo sabía, el mundo lo sabía, hasta el perro, ya viejo y cansado, lo había sabido.
 
Y Laura, contra todo pronóstico, realmente hizo algo grande. Salió de esa casa, del silencio expectante, y se construyó a sí misma sin pasado ni palabras. Caminó cien caminos y se equivocó en ochenta, rompió vasos incontables y se olvidó de mil citas. Corrió huyendo de la luna alguna noche de locos, se bañó de sol entre montañas completamente desnuda un día de verano. Dañó sin querer y quiso doliendo. Aprendió a navegar con las velas abiertas incluso cuando el viento no soplaba o amenazaba tormenta. Adoptó unos gatitos y algunos principios, sabiendo que en unos años todos habrían muerto. Llevaba siempre la sonrisa desnuda sin temor a que cogiera frío, y nunca miró hacia atrás. La mayoría de las veces no sabía donde la llevaban sus pasos, pero sabía que eran sólo suyos. Se cortó las canas cuando iban saliendo y se tiñó las lágrimas cuando las escondía.

Laura vivió siendo ella misma, sin más, sin conocer la mentira, sin tapujos ni tabúes. Entre sus manos bailaban las agujas tejiendo presentes porque Laura había olvidado que se podían vestir futuros. Quién sabe, quizá hasta el perro hubiese sabido lo grande que puede ser vivir siendo fiel a uno mismo.

Una noche más Paula es conducida a la cama por una madre de piel macilenta y ojeras interminables que casi ya no reconocía como aquella que le leía cuentos para dormir. Palabras de cariño susurradas casi furtivamente, una sonrisa huidiza que parece de plástico y un beso suave en la frente antes de atraparla entre las mantas y escapar de la habitación como un fantasma, arrastrando las zapatillas por la moqueta. Una última mirada a contraluz, colmada de amor y tristeza, desde la puerta antes de cerrar.

- ¡No cierres mamá!
- Sí, Paula, papá y mamá quieren ver la tele y te va a molestar el ruido.
Las palabras lanzadas como un ataque, rápido y definitivo, con tono de regañina impaciente. Son gritos disfrazados de consejo. Paula lo sabe, pero no puede evitar insistir cuando el hilo de luz se va haciendo más fino.
- Pero me da miedo... por favor... un poco sólo... hasta que me duerma...

- No, Paula, ya tienes casi 6 años, estas cosas son de bebés. La persiana está subida y te entrará luz de la calle. Que descanses.

Y desaparece junto con el rectángulo de luz de la puerta y toda esperanza de que se quedase con ella un rato más. La luz de las farolas se cuela por los cristales tiñéndolo todo de color anaranjado. A Paula no le gusta la habitación bañada en esa luz, casi prefiere la oscuridad. 

Se acurruca entre las sábanas, rezando silenciosamente para poder dormir, rezando por que hoy no se oiga nada más que el rumor de la tele en el salón y los coches en la calle, o el agua bajando por las cañerías, o la perra de la vecina paseando sus uñas por el parquet. Cierra los ojos y reza para dormir. Ojalá, piensa, todavía temblase por saber si hay alguien bajo la cama, o porque la puerta del armario quedó entreabierta, o por la sombra del perchero en la esquina. Por el simple terror a sentir una mano en la oscuridad, o peor, una garra aferrada a sus piernas. Ojalá esos siguiesen siendo sus miedos. Se sentiría menos vieja, aunque ella aún no sepa que es eso lo que siente. Esos terrores desaparecen con la luz o con el beso de mamá, al día siguiente parecen irreales, cosas de niños que pasarán.

Cuando el sueño la está venciendo, empiezan los gritos. Son gritos callados, como a través de una almohada o kilómetros de algodón, gritos para no despertar a la niña, gritos para que no escuchen los vecinos. Aunque realmente, a quién le importa. Una silla cae al suelo con un estruendo que es casi un pecado en el silencio de su habitación, un golpe seco, un grito, palabras escupidas con prisa, algo que cae al suelo se rompe con estallido de cristales, y su madre llora. Paula no entiende las frases que le llegan traicioneras bajo la puerta, pero entiende las lágrimas. Hablan un idioma universal que se entiende con el corazón. 

Paula esconde la cabeza bajo las mantas, se acurruca abrazándose las rodillas y siente que las lágrimas calientes ruedan por la cara, mojando las piernas y las sábanas de dolor salado. Hasta hace unos meses nunca había llorado así, silenciosa y sin darse cuenta como una presa que rebosa por la noche. Siempre habían sido lágrimas gritonas y secas de quién quiere llamar la atención, o explosiones de llanto de quien se ha hecho daño al caer del columpio. Hasta hace un par de meses no sabía que un sonido te podía doler tanto, y que, a veces, llorar podía no servir para nada.

Gime sin darse cuenta, intentando acallar con sus sonidos los golpes, los gritos camuflados, los lloros, la voz de su padre como latigazos en los oídos. Pero da igual. Aunque se tapase las orejas, aunque chillase muy fuerte, tan fuerte que se quedase sin voz y sus gritos llegasen hasta las estrellas, nada haría callar esos ruidos, porque los escucha con el corazón y ese no entiende de volumen. 

Quizá tampoco se atrevería a gritar, quizá no se atrevería a mirar a la madre que viniese a salvarla. O quizá no se atrevería por si fuese su padre el que viniera, el mismo que la empujaba en los columpios, el mismo que la sonreía en los desayunos y la revolvía juguetón el pelo, el mismo que la compraba juguetes en cada uno de sus viajes. Quizá no se atrevería a descubrirle tras esas lágrimas.

- Por favor, callaos, por favor, callaos, por favor...

Y de repente, entre el estruendo callado, un sonido nuevo... Algo precioso, como un cascabel perfecto, como una canción resumida en una nota, como miles de risas encerradas en un sonido. Se cuela entre las mantas juguetón, y Paula se da cuenta de que lo escucha también con el corazón, y que ha silenciado los demás sonidos. Los gritos y las lágrimas parecen más lejos, están ahí, doliendo clavados en su pecho, pero débiles y lejanos, soportables. Paula saca la cabeza para buscar el origen del milagro, las lágrimas en pausa como sólo un niño es capaz de hacer, el mundo parado en un latido. Y al asomarse, durante un segundo ve una luz blanquísima bailar en el espejo, como un guiño, como una estrella atrapada, como el espejismo más hermoso del mundo.

Apartando las mantas con las piernas, escapa de la cárcel de su cama, olvidadas las lágrimas silenciosas que se secan en sus mejillas, olvidados los golpes que suenan en el salón. Corre hacia el espejo frente al que se viste cada mañana junto a esa madre que ya no reconoce. Ahí está, frío como siempre, devolviendo la imagen entre tinieblas anaranjadas de una Paula despeinada y de ojos brillantes. Nada más, nada menos. Algo se rompe de nuevo dentro de ella, esa inocencia perdida que empezaba a renacer y que agoniza entre los pedazos de su corazón de niña. 

Se gira lentamente para volver a la cama, ese refugio contra los miedos que ya no funciona, como tantas otras cosas en las que la niña Paula creía y que han resultado ser mentira. Y de repente, el sonido canta cerca de su oído, limpio y alegre, tan perfecto, y Paula se gira tan rápido que casi pierde el equilibrio, justo para ver la luz escapando por el rabillo del ojo. No, no es un reflejo de la calle, piensa. Ninguna farola podría reflejar esa luz en el espejo, nada podría crear esa magia sin magia. 

Al acercarse de nuevo al espejo, despacio, Paula nota que despide calor, latiendo como un ser vivo. Casi imagina que lo oye respirar. Los reflejos de la habitación bailan sobre su superficie como la luna cuando se mira en un lago. Paula empieza a tener un poco de miedo, de ese terror infantil que creía perdido, y se le ocurre que quizá debería correr a la cama y esconderse en ese bastión de seguridad. Pero no, un rumor la llega del espejo, un rumor demasiado lejano como para poder asegurar que está ahí, casi la sombra de un sonido, pero sí, son risas y ese cascabel perfecto... 

Paula, sin pensarlo, mira la puerta con una despedida mental y alarga la mano hacia el espejo, pensando simplemente que cualquier cosa será mejor que estos ratos de lágrimas silenciosas. Al poner la mano sobre el espejo casi espera recibir el frío habitual, la magia desapareciendo, pero en su lugar siente un calor que la recorre el brazo. Es como posar la mano en un océano de aceite cálido bañado en luna. 

Sonríe, sintiendo como se hunde lentamente en ese mar, preguntándose un momento qué aventuras, qué sueños, la esperan al otro lado. Apartando la vista de la puerta y sus gritos, Paula se gira para andar dentro del espejo, de esa luz perfecta y de los cascabeles que ríen en su corazón. Ahogarse en el océano de espejo y renacer niña de nuevo al otro lado, haya lo que haya. A quién le importa. Siempre será mejor que su inocencia perdida.
Cuento escrito en 2007, cuya versión extendida (y cambiada hasta el punto de tener final distinto) quedó finalista en un concurso de relatos y espera participar un poco maquillada en alguno más cuando me vuelva menos despistada con estas cosas. Le tengo un cariño especial, así que lo recupero en ligero remake de chapa y pintura para el nuevo blog. Besos!

Victor había bajado a comprar algo para comer, quizá un postre suculento que endulzara la cena del hospital. Era la primera vez en todo el día que salía de la habitación. Sandra apagó la tele, agradeciendo esos momentos de silencio. Al menos todo el silencio que se puede esperar en una planta atestada de recién nacidos en la hora en que los celadores pasean las bandejas de la cena por los pasillos. Necesitaba por fin unos momentos a solas con Virginia (porque así se iba a llamar, gustase o no a su suegra), que dormía plácidamente envuelta en sus latidos, tan bonita que casi dolía.

En esos instantes Sandra no podía evitar preguntarse qué pasó por la cabeza de su madre cuando la tuvo en brazos por primera vez. Qué soñaba para su hija, qué esperaba de ese pequeño ser indefenso y vulnerable. No podía culpar a su madre de sus expectativas, no podía echarle en cara el ser reflejo de una generación y de un modo de pensar tan patriarcal como el mejor cuento Disney. Imaginaría a la pequeña Sandra bella y sumisa, princesa esperando a su media naranja, que llegaría subido en un corcel, ama de su casa, feliz en su pequeño mundo. Nunca le había ocultado a su hija lo poco que entendía sus ambiciones, su trabajo, sus novios variados, esa libertad que a ojos de su madre sólo podía llevar a complicaciones.

Quizá en muchos sentidos la de Sandra - llena de prisas y de retos, la frustración del inconformismo, tantos huecos por cubrir, siempre corriendo para llegar al siguiente sueño-, era infinitamente menos sencilla que la vida de su madre, pero también vivir en una caja sería más sencillo. Cada uno era libre de decidir, pero prefería imaginar a su hija una existencia compleja y rica en matices. Se había pasado media vida haciendo listas mentales de cosas que no haría a sus hijos, la mitad de las cuales había olvidado al enfriarse el enfado adolescente. Muchas de ellas seguramente las repetiría con Virginia, quizá incluso dándose cuenta de la contradicción, pero con algunas no lo haría.


Así que alargó la mano para apartar la sábana del rostro dormido de su hija, dispuesta a desvelarle los secretos que ella tanto tardó en descubrir. Ese ser minúsculo que había logrado hacerla sentir completa, juguete frágil de la genética, abrió la boca en un perfecto bostezo silencioso, con las manitas aferrándose al aire, y se arrebujó como un gatito contra su pecho. Entonces, mientras esbozaba una sonrisa y rozaba esa manita rosada, Sandra estalló en sentimientos tan contrarios que casi la partían en dos. La felicidad más intensa y el miedo más aterrador. Una lágrima resbaló sobre la sonrisa, enorme y salada, mojando el pijama de Virginia. Y en un susurro roto, Sandra empezó a hablar antes de que dejaran de estar solas, antes de que el mundo siguiera su curso, antes de que no se atreviera a decirlo en voz alta.

"Hola otra vez, pequeña. Te vas a tener que acostumbrar a mi voz, porque pienso pasarme la vida hablándote o escuchándote, al menos mientras me dejes. Quizá es muy pronto para que entiendas lo que te voy a decir, pero me ha costado una vida recopilarlo, y de la mitad sólo domino la teoría. Verás que la práctica nos la ponemos dificil a veces.

Vas a ser una mujer preciosa, sobre todo si has sacado los ojos de tu padre. Me he pasado el embarazo deseando que lo hicieras, porque fue lo que me enamoró de él. Tu belleza será tanto don como maldición. Algunas cosas te serán más fáciles, pero no serán las importantes. La vida es casi siempre difícil para una mujer bonita, porque tendrás que ganarte cada paso del camino y demostrar que merecías darlo. Pero la belleza, cariño, es efímera. No te pases la vida pendiente de ella o te volverás loca cuando se vaya marchitando. Lo verdaderamente importante es ser feliz, que haya algo detrás de tu sonrisa, y ese es un trabajo de tiempo completo.

No te creas los cuentos que te leerá tu padre, llenos de princesas y dragones, príncipes azules que las salvan de aburridas vidas para encerrarlas en vidas aún más aburridas con la excusa del amor. Ningún amor vale la pérdida de libertad, y ningún príncipe te hará libre. Elige, cariño, o elegirán por ti. No dejes que nadie tome por ti decisiones importantes. No te sientas culpable por cosas que no dependan de ti. Te enamorarás, te harán daño, te recuperarás y vuelta a empezar. Es un juego que duele pero vale la pena, porque a fuerza de apostar a veces ganas. Pero tu vida no puede depender sólo de ello.

Virginia, esto es una de las cosas que más me ha costado ver. Tu abuela me hizo creer casi sin querer que la vida hay que vivirla esperando a esa persona que te haga sentir completa. Si necesitas que alguien te complete, entonces hay un problema que será mejor que soluciones a solas. Vive, disfruta, siente el equilibrio, piérdelo, equivócate. Llena cada minuto y no pierdas el tiempo en cosas que no tienen importancia. Decidir qué lo tiene y que no será dificil, y seguro que discutiremos un montón sobre ello...

La verdad es que ahora, justo ahora, de repente me doy cuenta de que tengo una vida entre las manos, una vida trenzada a la mía con lazos tan intensos que hacen que me muera de miedo. Todo es tan difícil a veces que haría lo que fuera para evitarte el dolor, te encerraría en un canasto de algodones y chuches para salvarte de vivir, pero te tienes que caer de vez en cuando, aprender de tus heridas, llorar. Vale tanto la pena cuando te levantas, cuando ríes, cuando sigues caminando.

Mi niña, hay cosas que tendremos que hablar tranquilamente cuando crezcas un poco, y tu padre pondrá caras raras si las escucha, pero si quieres vivir un cuento, si al final eliges ser princesa, espero que te conviertas en dragonesa cuando te bese el príncipe. Tienes tantas cosas por vivir que no creo que te dé tiempo a limpiar el palacio, así que..."

"¿A limpiar el palacio?". Sandra levantó la mirada, una lágrima sorprendida a medio camino hacia la barbilla, y sonrió traviesa. Victor estaba apoyado en la puerta con dos helados en la mano, el pelo revuelto y la camisa arrugada. "Nada más nacer y ya la vas a educar para princesa..."

"En todo caso para princesa republicana."

Sandra liberó una mano para secarse las lágrimas. Virginia dormitaba aún, minúscula e inmóvil. Toda la vida por delante, tantas incógnitas, quedaban tantas cosas que decir... Ya habrá tiempo, pensó cogiendo el helado antes de que se derritiera en el calor de la habitación. Eso es lo que ahora corría más prisa.

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