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Alicia se arregló especialmente esa mañana, un broche de tela en el uniforme y un poco de carmín en la sonrisa. Hacía un año que trabajaba en la ruta Sur del centro de día para ancianos con Alzheimer, y era un día especial. Alicia necesitaba marcar días en el calendario, recordar fechas y celebrarlas como una especie de salvavidas flotando en el mar de olvido de su rutina. Necesitaba creer que había día especiales, que la vida no era una sucesión de horas.

Un lunes hacía un año, Alicia se presentó en el lugar acordado. Carlos, su compañero, la puso al día en un momento con pocas palabras. "Es sencillo, yo conduzco y tú te preocupas de que no se caiga nadie. Donde pare, bajas, sonríes al familiar, ayudas al abuelo a subir, le sientas y me avisas cuando pueda arrancar. Todos sentados  hasta el centro y todo irá bien. Eso es todo." Encendió un cigarrillo, puso la radio y arrancó. Al principio su silencio era incómodo y cortante, una soledad acompañada, pero a lo largo de los meses Alicia aprendió a leer en sus gestos e incluso a propiciar pequeñas conversaciones de camino a la primera parada.

Ese lunes en concreto la primera parada era nueva. Carlos puso con las luces de emergencia y bajó con ella sin decir nada. Dos mujeres esperaban en la acera, claramente madre e hija. Carlos fue directamente hacia la más joven, sin prestar atención a la madre, le dio un par de instrucciones rápidas sobre las cosas que debía llevar, quedó con ella para la recogida y se despidió de forma seca. Alicia sabía por experiencia que los familiares, acostumbrados a cuidar cada detalle, dependientes y esclavos a la vez, necesitaban algo más de apoyo, la seguridad de que estaban haciendo lo correcto, que esto no era un abandono.

Rosa, que así se llamaba la hija, se aferraba al brazo de su madre como si fuesen a robársela. Miraba el vehículo con los ojos muy abiertos y cargados de un miedo intenso, que contrastaba con la media sonrisa y el vacío absoluto con el que Carmen miraba a su alrededor. Alicia tendió la mano a Rosa, habló pausadamente y recogió sus informes y dudas sin dejar de sonreír. Tras un par de minutos el anclaje se suavizó y Rosa soltó a su madre con un gesto mitad alivio mitad culpabilidad. Alicia acompañó a la anciana hasta su sitio. Carmen le dio las gracias muy afectuosamente, y se puso a mirar por la ventana sin reparar en los gestos de despedida de su hija al otro lado.

"Si te entretienes así en todos vamos a llegar tarde", dijo Carlos al arrancar. "Es mi primer día y tienen que conocerme. Es probable que hoy lleguemos tarde pero mañana seguro que ya no", contestó Alicia sonriendo, sabiendo ya que sólo recibiría un gruñido del conductor. Carmen, vestida como si fuese a una cena importante con sus amigas, vestido granate y collar de perlas, miraba por la ventana sin prestar atención. Mantenía esa media sonrisa entre las arrugas de toda una vida, las manos inquietas jugando con los adornos del bolso. Probablemente no sabía adonde iba, pero con el tiempo aprenden a no preguntar todo lo que no saben, o quizá han olvidado hacerlo.

Tres paradas más adelante esperaba un anciano alto y muy tieso, con el pelo perfectamente peinado, la raya a la derecha y la camisa impecable. La mujer a su lado, en traje de chaqueta, reprendió a Alicia por llegar tarde y salió corriendo en cuanto pudo con el móvil en la oreja. Manuel, que así se llamaba su padre, la acompañó sin mirar atrás. Se cogió a su brazo con tanta firmeza y con un andar tan seguro que no se sabía quién llevaba a quién. Una vez dentro, agradeció a Alicia la ayuda con una sonrisa radiante llena de dentadura postiza y se sentó junto a Carmen como le indicaban.

Y a partir de ahí empezó todo. Cada día durante un año, Carmen y Manuel se descubrían, charlaban, se enamoraban, se despedían, se olvidaban. Cada día, excepto los pocos que alguno de los dos faltaba por cualquier razón. Un par de veces Alicia probó a sentarles separados, pero al subir por la tarde siempre estaban juntos igualmente, sonrientes tonteando como dos adolescentes en el autobús del colegio.

Casi siempre era Manuel el que primero descubría a Carmen, sentada a su lado jugando con el bolso o con el dobladillo de la falda, las manos inquietas, la media sonrisa helada como una máscara sobre el vacío. Entonces se retocaba el peinado, siempre perfecto, y la saludaba educado, llamando su atención. Y empezaba el cortejo. Carmen bajaba la mirada, pestañeando con una sonrisa escondida detrás de las manos cuando la hacía reir. Manuel tan educado, señalando los detalles del mundo exterior que Carmen se perdía con su mirada ausente. Ese baile duraba hasta la vuelta, como Alicia había podido comprobar con los compañeros del centro, distinto cada día en los detalles pero siempre igual.

A veces antes, a veces después, podías verles cogidos de la mano entre talleres, o sentados en un banco del jardín como si llevaran casados medio siglo, cuando no se habían conocido nunca antes de coincidir en la ruta. Algunos días en algún momento de la tarde ocurría el primer beso, y al volver en la ruta estaban más acaramelados. Una vez Tomás, otro de los viajeros sin memoria, protestó porque le molestaban las "carantoñas de la parejita", como si fuese un niño que se queja a la profe o un hermano pequeño gruñón, y otra de las veces Antonio, un señor de la ruta Norte, quiso probar suerte cortejando a Carmen en el comedor. Pero no funcionó. Como una trampa, como un extraño bucle, Carmen y Antonio siempre acababan juntos en el viaje de vuelta, abrazados a veces, a veces de la mano.

"Igual es el destino", le dijo Alicia a Carlos el viernes, esperando un soplido por respuesta. Carlos miró fugazmente en el retrovisor a la parejita feliz aunque sabía perfectamente de qué hablaban. "Si eso es el destino, es una santa putada... No sé nada de su vida de antes, ni quiero, pero imagino que son viudos los dos. Media vida solos y cuando vuelves a enamorarte no eres capaz de recordarlo ni un día entero... Imagínate. Por estas cosas prefiero no saber nada. Por eso los prefiero de los callados, de los invisibles. De los que dejas de ver, ¿sabes?".

Alicia asintió. No esperaba una respuesta, y menos algo así. Sabía que Carlos se protegía aislándose, porque acercarte siempre terminaba doliendo. Pero Alicia no podía evitar acercarse, iba con ellos, saludaba a los familiares, les peinaba de camino a casa, cogía sus manos para bajar el escalón, les miraba a los ojos cuando se quedaban sin palabras. Y no, no prefería a los invisibles, encerrados en su mente inexpugnable, tensos y silentes, a veces con la mirada fija, a veces con los ojos llenos de miedo. Tampoco prefería a los impredecibles, que a veces se rebelaban contra el olvido, se volvían violentos y pagaban con ella la impotencia de perderse. No quería preferir, ni elegir. Sólo quería recordar que llevaba personas, generalmente aterradas, que iban olvidando el miedo cuanto más se perdían.

Así que pasó todo el fin de semana pensando en el lunes, en el aniversario de Carmen y Antonio, aunque ellos no lo supieran. El domingo llamó a unas compañeras del centro y juntas lo prepararon todo. Carlos silbó al verla esperando. "Guau. Y con el pelo suelto... vaya, ¿qué celebramos?", dijo mientras subía. "Hoy hacemos un año", contestó con una sonrisa llena de carmín.

Carmen estaba esperando en la misma acera de siempre. El pelo recogido con un pasador, elegante con su collar de perlas y una falda a media pierna. La sonrío mientras la sentaba. "Gracias, guapa". Alicia hacía un año que vivía sin nombre la mitad del día, pero estaba acostumbrada. Tres paradas después, Manuel tan puntual y estirado, la hija huyendo. La misma cortesía firme.

A los cinco minutos el ritual daba comienzo a falta del gong inicial, como una película que has visto mil veces, una canción que no paras de escuchar. Las frases distintas, pero las mismas historias en general. Probablemente se contaban lo que podían recordar, rellenando vacíos con lugares comunes. Al llegar al centro, Manuel ayudó a Carmen a levantarse con delicadeza infinita, y ella le sonrió coqueta. Antes de entrar, ella señaló unas flores y le dijo que eran azucenas, como su madre. Él se mostró interesado mientras le abría la puerta, galante. Se perdieron tras los cristales con una mañana repleta de actividades por delante.

Alicia pasó ese día en el centro con Sonia, una de las fisios. Prepararon una de las aulas con todos los detalles. Velas, música, hasta un mantel bordado que había traído Concha, la conserje. De vez en cuando iban a espiar cómo avanzaba el amor hoy, o salían a fumarse un cigarrillo y hablar del mundo más allá de esas paredes. Una de las veces que salieron, Carlos estaba fumando apoyado en un muro. Alicia se acercó, y tras unas caladas en silencio sin más siguió la conversación del viernes. "Lo del destino al final no está tan mal pensado... Imagina que sólo uno de ellos recordase". Carlos no contestó, pero tampoco gruñó.

A media tarde, cuando sólo faltaba una hora y media para el viaje de vuelta, Sonia y David, otro de los terapéutas, trajeron a la pareja al aula. Sinatra cantaba desde los altavoces de un iPod, las velas alumbrando una cena sencilla. Al fin y al cabo no era hora de cenar, pero a ellos no pareció importarles. Ni siquiera cuestionaron el por qué. Alicia imagino que igual que el miedo, la sorpresa tiende a desaparecer con el olvido, como una especie de reset emocional.

"Vuestra primera cita, una de verdad", decía Sonia mientras Manuel apartaba la silla como un caballero. Y allí se quedaron los tres entre las sombras junto a la ventana, testigos de un cambio en el bucle. La pareja reía, charlando animada sobre cosas sin importancia. Conociéndose para olvidarse en unas horas como cada vez, pero eso ahora daba igual.

En algún momento, cuando la parejita bailaba una lenta de su juventud, entraron Concha y Carlos. Ella lloraba emocionada como en una boda. "Ya no quedan caballeros como los de antes, ¿eh, Concha?", susurró David. Carlos amagó una sonrisa y tendió la mano a Alicia. "Nosotros también hacemos un año. Quiero mi baile". Y Frank cantó un par más, con 3 parejas moviéndose despacio a la luz de las velas y una conserje secándose las lágrimas con una servilleta bordada.

La cita terminó. Era la hora de marcharse, con la sensación de haber vivido un momento mágico. Carlos y Alicia seguían a la pareja fuera, donde esperaba la furgoneta. Manuel y Carmen seguirían con sus charlas vacías y carantoñas hasta que él se bajase. Ella pegaría la cara al cristal, con una sonrisa adolescente, y le despediría con la mano, a veces le soplaba un beso. Manuel esperaba en la acera con su nieto hasta que el autobús se perdía. Carmen seguiría tres paradas más, quizá olvidando ya mientras la sonrisa de jovenzuela enamorada se vaciaba hasta volverse una mueca de plástico. La mirada perdida de nuevo.

Alicia sabía que todo eso pasaría. La noche resetearía el amor, y al día siguiente volverían a conocerse de nuevo. No recordarían nada, pero el resto de los presentes sí, y quizá con eso bastaba.

Carmen, amarrada al brazo de Manuel, soltó una mano para señalar unas flores mientras salían. "Mira, eso son azucenas. Así se llamaba mi madre". Él se mostró interesado.


Esto estaba guardado como borrador del día 10 de mayo. No he cambiado ni una coma, y releyendo creo que tampoco ha cambiado mucho el resto tampoco. Es curioso releerte cuando ni te acuerdas de que escribiste... Lo único que ha cambiado es el 15 de mayo. se verá si al final son burbujas independientes unidas por un camino o si de verdad hemos aprendido a romper las individualidades a ratos para darnos la mano...

Cuanta más gente conozco más sola me siento. Podría parecer un oxímoron pero es una de las mayores verdades que he aprendido últimamente. Tan grande que no puedo pensar en embellecerla con juegos de palabras bonitas. Cuanta más gente se preocupa por preguntarme si estoy contenta, más infeliz suelo ser. Imagino que eso es más lógico, con mi habilidad para esconder lo que siento no deberían preguntar si soy feliz, sólo verlo. Al menos están lo suficientemente cerca para ver que no lo soy, hay ya demasiados que simplemente opinan que debo de serlo de una forma tan drástica que no se molestan en mirar si es verdad. Y esto me lleva a la siguiente verdad. A casi nadie le importa el resto lo suficiente como para mirar de verdad, no vaya a ser que lo que vean no encaje en sus planes. La gente pulula por el mundo creyendo que crea vínculos reales, sentimientos verdaderos, y generalmente sólo mantienen aquel que mantiene protegido su trasero.

sí, lo sé, demasiado cinismo para una optimista, para una idealista utópica quizá, perroflauti para ciertos amigos. Pero creo que no hay mérito en el optimismo si se basa en la incapacidad de percibir lo que está mal, las partes negativas, los contras. Racionaloptimista. Y no es que realmente pueda evitarlo, quizá tampoco tiene mérito si es lo que eres. A veces lo evitaría sin duda, harta de navegar en un océano de individualidades ciegas pendientes sólo de su pequeña burbuja, rozando la tuya de vez en cuando lo suficiente como para molestarse en mirar dentro. Hay excepciones, las hay. Quizá de todas formas me gusta demasiado la gente individual, diferente, con algo que decir, como para poder ser feliz. Rebotando entre nosotros en pos de la vida de cada uno, y si nos cruzamos un rato, bienvenido sea depende de con quien es.

Pero tengo sueños, y eso al parecer me incapacita para mi infelicidad. He de estar contenta porque están ahí aunque no sean para mi, la vida pasando mientras los cumplo, perdiendo la partida para jugar con la cartas de otros que recibieron unas malas manos de salida. Al fin y al cabo sólo me importan a mi. O eso me han dicho a veces. Y no tengo derecho a estar cansada, o querer rendirme a veces. Sólo tengo que seguir, y seguir implica que sobrentiendan felicidad, me pregunten si estoy contenta y conozca más gente, ergo, que me sienta más sola mientras la vida sigue avanzando sin mi.

La mayoría de las habilidades circenses se basan en dos cosas; sonreir mientras el mundo se derrumba y avanzar contra el miedo. Pete sabía esto desde hacía años, incluso antes de que le rompieran el corazón. Y entonces, cuando Sarah desapareció tras una nota y una traición, él se maquilló las lágrimas, se vistió de ser vivo y sacó su muerte al escenario con la sonrisa pintada en la cara. La función fue perfecta, la gente aplaudía a rabiar sin vislumbrar sus ojos brillantes en las alturas, o quizá lo vieron y pensaron que era emoción. Qué extraño poder transmitir emociones cuando estás encerrando un cadáver entre brillantina y lentejuelas.

Al día siguiente, con el éxito olvidado en los bolsillos, hizo una maleta sencilla y abandonó el circo sin mirar atrás. Siempre procuraba correr más que su pena, hasta que un día la adelantó, despistándola en algún requiebro, y simplemente dejó de sentir. La soledad le acompañaba, trabajaba para comer y huía cuando era posible. A veces simplemente actuaba en las calles y parques, los rostros de los transeuntes simples maniquís pasajeros vistos a través de su sonrisa de plástico. Un día, miles de kilómetros después, de repente encontró algo que le hizo detener la huída, algo que encendió una llama dentro, algo que le hizo sentir.

La niña más triste del mundo se sentó frente a él en un parque una tarde. Pete había parado la función para devorar un sandwich y unas mandarinas, acostumbrado a que nada tuviera sabor, y no se molestó en hablarla. Sabía que se cansaría de esperar y se marcharía. La niña tendría unos doce años, y miraba el mundo con unos ojos inmensos de un azul glacial que no podía existir, supurando dolor desde su silencio. Cada vez que miraba a Pete, él se sentía incómodo bajo su escrutinio. Le parecía que estaba pidiendo ayuda, algo que él con su corazón muerto desde luego no podía ofrecer.

Incapaz de soportarlo más, sacó su sonrisa de la maleta y realizó unos malabares perfectos con las cuatro mandarinas que tenía. Volaban, se cruzaban, jugaban en el aire, y mientras Pete no dejó de mirar esos ojos, que no se apartaron ni un segundo de su mirada. Pero el espectáculo debe continuar, y Pete se levantó con la sonrisa de cartón para realizar todos sus trucos y técnicas. Hizo malabares incontables, acrobacias increíbles, surcó el césped con su monociclo a gran velocidad y hasta desempolvó los trucos de magia. La niña, impasible y ahora de pie le miró hacerlo con profundo interés mientras despedía una tristeza insondable. Varios transeuntes hicieron corrillos de admiración que iban y venían, las monedas tintineaban en una manta extendida, y la niña seguía ahí, incansable en su inamovible dolor.

Al final, sin ningún as más en la manga, se desmontó del monociclo frente a ella, se quitó la sonrisa gastada, y le preguntó "¿Qué quieres que haga?". Ella, con una voz tímida y pequeña susurró señalando el viejo sillín y su única rueda; "¿Me puedes enseñar a montar en esto?". "Bueno, imagino que podría". Y aunque no había ninguna razón para hacerlo, lo hizo.

"Tienes que ponerte el sillín entre las piernas, inclinado, y colocar un pedal horizontal delante de ti. Ha de ser el de la pierna con la que tengas más fuerza". Dijo serio y firme mientras ajustaba la altura del mecanismo. "Cuando estés lista, pisarás con fuerza el pedal y darás un pequeño salto para delante con todo tu cuerpo. El monociclo estará de pie y tú encima, te inclinarás hacia delante como si fueses a caerte y seguirás pedaleando, porque el pedalear es lo que te salva del golpe contra el suelo. ¿Lo entiendes?". Ella asintió, seria y firme mientras examinaba el aparato.

El primer intento y unos cuantos de los que siguieron fueron un fracaso. Ni siquiera lograba pedalear, porque al verse arriba tenía miedo de caer, y bajaba inmediatamente dejando el monociclo detrás. "Yo me caí decenas de veces. Sin el golpe a veces no hay aprendizaje, y si tienes miedo de él nunca podrás avanzar ni un paso". Ella asintió, seria y firme mientras se recogía el pelo y apretaba los labios en una mueca de decisión. En el siguiente intento cayó de bruces al suelo. Tras cuatro caídas le dolía la muñeca y tenía pequeños puntitos de sangre en las manos, que se limpiaba en la falda cuando Pete decía que parase. "De todas formas me tengo que ir," dijo él. "¿Puedo venir mañana y volver a intentarlo?". "No sé si estaré, quizá mañana me vaya a otra ciudad". "Vendré igualmente".

No había ninguna razón para que él se quedara, pero al día siguiente él estaba ahí, y la niña apareció. Esperó a que él terminase su función, aplaudiendo impasible y seria entre el público, con los ojos más tristes del mundo. Al acabar, ella se puso unos guantes y cogió el monociclo mientras Pete recogía el resto de aparatos. La vio caer de pie varias veces antes de acercarse. "Tu problema es que tienes miedo de caerte, y te caes. En el circo, si te paras estás muerto. Tienes que avanzar más rápido cuanto mayor es el miedo, porque mientras avanzas estás seguro. ¿Crees que podría quedarme parado mucho rato en la cuerda?". Ella negó con la cabeza. "Ese es el secreto. No es no sentir miedo, es no darle importancia y seguir adelante. Cuando vayas a pedalear tienes que estar inclinada hacia delante, y te parecerá que te caes. Puedes bajarte como haces, o puedes tratar de pedalear y quizá caerte sobre las manos con suerte. Tú verás".

Una hora después, ella se había caído muchas veces, y él comía una manzana mientras reflexionaba sobre sus propias palabras. La vida no era tan distinta a lo que le había dicho a la niña, un montón de consejos que hacía tiempo que no seguía. De repente, sin previo aviso, ella se alzó sobre el sillín y pedaleo tres o cuatro veces antes de caer de pie. Fue corriendo hacia él, un poco de sangre seca de alguna caída en la barbilla, la adrenalina en las mejillas y los ojos vidriosos. Sonreía de una forma espectacular, como si de pronto hubiese salido el sol entre las nubes. "¿Lo has visto?". "Lo he visto. Muy bien". Pete sonrió mientras le revolvía el pelo, y la sonrisa era de verdad esta vez.

A partir de ese momento, Pete se dedicó a impartir talleres infantiles de circo y a recibir clases de vida. Sonreía aunque el mundo no estaba en continuo derrumbe, y avanzaba siempre contra el miedo. A veces se cayó de nuevo, pero de vez en cuando consiguió pedalear, y esos momentos sobre el sillín valían la pena.

Era muy tarde para andar sola por el centro de Madrid. La acera estaba tapizada de otoño. Siempre le han sentado bien los ocres a la ciudad, le resaltan la vida. Cada respiración marcada por una nube de vaho reiteraba la cercanía del invierno, deseoso de matar las hojas con su escarcha. El invierno siempre tan lleno de muerte.

Quizá fuese muy tarde para sentarse sola en el centro de Madrid, pero buscó un banco de piedra en el bulevar, uno que estuviera libre, uno con vistas al cielo negro entre las ramas. Varios habitantes sin derechos dormitaban entre cajas, invisibles. Una lágrima más escapó mientras se sentaba. No podía recordar su voz, ni a qué olía cuando la abrazaba al despertar, sólo tenía imágenes difusas, ráfagas de recuerdos, momentos concretos que escapaban al instante. No podía aferrarse a ninguna sensación, y esos recuerdos estériles sin alma eran peor que nada. Eran señales de olvido. Pasaban los años y cada vez era más difícil verle.

"Remember me and smile", Robert Smith cantando su nota de despedida una y otra vez en su cabeza. Es mejor olvidar a recordar llorando. Pero ella estaba haciendo trampas. Es imposible no llorar cuando la esencia de una persona se te escapa entre los años. En invierno se le acumulan las muertes y no puede recordar más que vestigios. No quería ir a casa a enfrentarse a las velas que señalan sus días de duelo, a presentar el informe de la vida que lleva, "otro año sin ti y esto es lo que he hecho", haciendo balances para justificarse ante ausencias, estando a la altura de quien sobrevive a muchos y ha de vivir lo que otros no pueden.

"Con la vida que has tenido es un milagro que no estés loca", de repente su voz resonando en su silencio. Ángel siempre le decía eso, y al parecer resultó saber demasiado bien lo que decía. "No creo en los milagros" contestaba ella siempre orgullosa. Comían palomitas entre las sábanas con alguna película en la pequeña tele, odiaba despertarse y encontrar trocitos blancos clavados en la piel. "Pues al parecer ellos creen en ti". Él la abrazaba y olía a galleta. Ella le decía que con ese aroma daban ganas de mojarle en leche. Y Ángel se reía, escandaloso, con los labios tan finos y tan rojos, los dientes demasiado blancos, el cuello lleno de pecas y esa barba inexistente.

Así sin más, Ángel la inundó, las sensaciones volviendo como cuando de repente te acuerdas de esa palabra que lleva todo el día escapándose. Quizá una persona son los detalles, esas cosas que le hacen real. Olía a galleta y la veía brillar con una luz que nadie intuía, ella que escondía las alas bajo capas de silencio y normalidad. Él no se cansaba de hablarla de eso, y ella nunca se lo creía demasiado. Se escapaban cada invierno en tren a ver la nieve haciendo novillos, y esa huída les sabía a triunfo. Tenía las manos siempre frías y algo ásperas, y una risa exagerada que llamaba la atención en los autobuses y el metro. El pelo negro, cardado o despeinado, y ese silencio que lo llenaba todo cuando le daba por escuchar o tenía un mal día, mirando la vida desde unos ojos oscuros como quien vigila un depredador. La sonrisa cuando sentenciaba sin opción a réplica. Las manías cuando comía, apartando cachitos, diseccionando filetes y menestras igual que diseccionaba el mundo. Y si tienes luz tienes luz. Innegable y aplastante. La música, siempre la música, endulzando sus heridas mientras las lamían mutuamente. Intercambiaban libros de poesía y recuerdos como quién juega a los cromos, y se les repetían tantos pasados que parecía un cuento. Tantos sueños, tantos planes, y un secreto para saltar. Ella la reina de la culpa, llenando los vacíos con mentiras para sobrevivir a la ausencia. Olía a galleta. Puede que ella oliese a nata, no lo sé, él nunca se lo dijo.

Quizá era muy tarde para sonreír sentada en un banco del centro de Madrid. La ciudad fingía dormir a su alrededor, las prisas olvidadas entre el sueño, el Prado oscuro como un mueble antiguo. A veces es más fácil seguir cuando recuerdas que cuando olvidas. Encajas las piezas y te cuadra la sonrisa. Dejó de preguntarse si la luz seguiría ahí, si la perdió en el camino mientras trataba de no volverse loca, si aprobaría su vida de quiebros y desmanes. A veces encontraba el equilibrio en su caos, había aprendido a perdonarse, había desterrado la mentira, y al menos había elegido caminar. De repente era fácil recordar queriendo sin que doliese. De repente era más fácil perdonarle por abandonar sus planes, por dejarla sola como un animal herido. Al final Ángel había tenido razón en algunas cosas, y en el resto, quizá no tuvo tiempo a tener razones.

Se levantó y siguió caminando hacia el coche. Había velas que poner. El otoño olía a galleta a su alrededor, o quizá eran sus recuerdos. Era ya tarde para caminar sola cantando entre susurros.

Remember me and smile, 'cause it's better to forget than to remember me and cry.

Esta es la historia de una niña que nació para hacer algo grande. Ella lo sabía, sus padres lo sabían, el médico que le palmeó el trasero para que llorara por primera vez lo sabía, hasta su perro parecía saberlo.

Como todo el mundo se había dado cuenta de ello, creció en medio de una expectación abrumadora. La gente que la rodeaba esperaba y observaba, atentos a una señal que les dijera qué gran destino la esperaba. Recibió los cuidados dignos de una niña débil y enferma en su cuna, por miedo a que se lastimase el don futuro. Susurros, algodones y polvos de talco. Sus grandes ojos azules examinaban este mundo extraño que contenía la respiración a su alrededor, tratando de aprehender toda la realidad con cada mirada.

Su madre, primeriza, tejía jerseys junto a la cuna soñando futuros. Las agujas bailaban entre sus manos mientras la veía dormir, mirar, comer, llorar y sonreír como quien admira La Capilla Sixtina desde el suelo marmóleo. Tan pequeña entre sus sábanas, tan frágil. ¿Para qué gran destino la estaría protegiendo? Cada tarde imaginaba uno distinto, a veces gloriosos, a veces morales, a veces imposibles, siempre lejanos. A veces se veía rodeada de riquezas, madre de una gran empresaria. Otras, acompañándola a recoger premios, su hija una importante investigadora, o artista, o actriz. En ocasiones, la imaginaba como el origen de la paz internacional.


Tardó en hablar más de lo normal, y de hecho nunca fue de las charlatanas. Nadie le apremió a hacerlo, quién sabe si no era parte de su destino. Les oía susurrar tras la puerta, pero no hablaban demasiado delante de ella para no influenciarla, con lo que el mundo de las palabras nunca pareció importante. Y ella miraba el mundo en su silencio absorto. "Es que es muy observadora", decía su madre. "Lo analiza todo, puede que vaya a ser una gran investigadora", decía su abuela.

Los años pasaron en silencio, mientras todos aguardaban una señal. Como quien espera que el cielo se torne negro en un eclipse, como el primer amanecer en la playa, como un nudo en el estómago de la realidad.

No fue una alumna destacada, aunque no fuese de las que suspendía. Simplemente mediocre. "Tampoco lo fue Einstein", decía su padre, y nadie preguntó nada más. Ella examinaba el mundo desde sus enormes ojos, y éste le devolvía una mirada inquisidora. Todo el mundo sabía que le esperaba algo grande, incluso ella lo sabía, pero en su interior, bien dentro de esa silenciosa concha, no tenía ni idea de lo que era, y esto la asustaba. Sentía una expectación que no sabía si lograría cumplir, crecía entre algodones e interrogantes, pero nadie se acercaba lo suficiente como para aconsejarla, nadie le ayudaba a caminar en ninguna dirección. Estaba perdida.

Su madre, sentada en el sofá del salón, imaginaba futuros cada vez más inciertos, las agujas del reloj bailaban entre sus dedos mientras trataba leer futuro en cada gesto de su hija. La vida pasó en la espera infinita, en la quietud de quien aguarda sin andar que el mundo camine por ella.

Y esperó esa señal, todos lo hicieron, hasta que el vacío de su interior explotó en silencio una tarde de verano. Su madre tejía mantas y quimeras en el mismo sofá, pero ahora le temblaban más las manos. Laura levantó la vista y la miró con unos ojos que no eran suyos, y supo que había llegado el momento. Vio el cambio con nitidez cuando Laura se acercó con paso firme, sin bajar la mirada. Esperó, olvidándose de respirar, la gran revelación. Era el momento aguardado, las agujas morían entre sus dedos.

Laura le puso la mano en el hombro y dijo "Me voy, mamá.". Nunca fue de las charlatanas. Y se fue.

Su madre ahora imagina presentes brillantes entre colchas de lana. Las agujas traquetean inseguras entre los dedos mientras ella maquina vidas maravillosas desde el asiento. Laura estaba destinada a hacer algo grande, ella lo sabía, el mundo lo sabía, hasta el perro, ya viejo y cansado, lo había sabido.
 
Y Laura, contra todo pronóstico, realmente hizo algo grande. Salió de esa casa, del silencio expectante, y se construyó a sí misma sin pasado ni palabras. Caminó cien caminos y se equivocó en ochenta, rompió vasos incontables y se olvidó de mil citas. Corrió huyendo de la luna alguna noche de locos, se bañó de sol entre montañas completamente desnuda un día de verano. Dañó sin querer y quiso doliendo. Aprendió a navegar con las velas abiertas incluso cuando el viento no soplaba o amenazaba tormenta. Adoptó unos gatitos y algunos principios, sabiendo que en unos años todos habrían muerto. Llevaba siempre la sonrisa desnuda sin temor a que cogiera frío, y nunca miró hacia atrás. La mayoría de las veces no sabía donde la llevaban sus pasos, pero sabía que eran sólo suyos. Se cortó las canas cuando iban saliendo y se tiñó las lágrimas cuando las escondía.

Laura vivió siendo ella misma, sin más, sin conocer la mentira, sin tapujos ni tabúes. Entre sus manos bailaban las agujas tejiendo presentes porque Laura había olvidado que se podían vestir futuros. Quién sabe, quizá hasta el perro hubiese sabido lo grande que puede ser vivir siendo fiel a uno mismo.

Hay años que pasan sin pena ni gloria, que miras hacia tu último cumpleaños y parece que nada ha cambiado. O eso me han dicho, porque de momento no creo haber vivido ninguno de esos. Imagino que esto último es más bueno que malo, así que no me quejo. Igualmente, hay años en que todo parece haberse dado la vuelta, empezando por tu piel, como un calcetín, o quizá más como una serpiente. A veces eso significa que te queda el alma al aire, se ensucia, se araña, y a veces incluso evoluciona, qué remedio. No sé, creo que tampoco voy a quejarme de esto. Este ha sido de los últimos, por si había lugar a dudas.

Me quedan unos días de este año, y generalmente no le doy mucha importancia, pero este año, con todos sus cambios, con su montaña rusa, es quizá especial. Esta vez no sólo mi pequeño mundo ha variado, esta vez no es sólo el decorado que me rodea, esta vez yo soy distinta. Este año he ido mejorando versiones aún beta de mi, he pasado de Estela 1.7 a un 2.3, con cada uno de sus parches, con su ensayo y error, con sus lágrimas, con sus luces. Quizá esta vez sea necesario de verdad el balance, y cuando me lo planteo sólo sé hacerlo de dos formas, hablando sin parar o escribiendo. Estoy sola en casa, así que...

Mi pequeño mundo de cuatro paredes y tranquilo equilibrio se rompió ya hace muchos meses, y con él me rompí yo. Tardé en decidir, al final me salí de la burbuja, pero fue un parto complicado, lento, doloroso, en el que las heridas parecían no cerrarse nunca. Y al caer, rota y con una máscara de sonrisa que a veces a mi me parecía real de tanto llevarla, resulta que caí en blandito. Como un cachorro aprendiendo a andar, regresé al mundo fuera de mi burbuja y me encontré un montón de gente. Caí en un colchón de hombros, de música, de charlas, de abrazos, de sonrisas, y muchas resultaron ser de verdad. Algunas llevaban ahí tiempo, ya eran conocidas, y miraban entre curiosas y preocupadas por detrás de la máscara. Algunas eran nuevas, aún no sabían mirar más allá, pero siempre estaban ahí intentándolo. A veces tropecé, me llevé algunos rasguños, pero es inevitable sangrar cuando juegas con ganas. Y jugué aún cuando a veces no entendiese las reglas.

La cuestión es que quien me conozca sabrá de lo que hablo, sabrá lo que significa estar rota y que de repente a un montón de gente le importe arreglarte, o al menos mantener las piezas juntitas mientras cicatrizas. Encontrar alguien con quien no hace falta rellenar los silencios. Y me fue creciendo piel nueva para taparme el alma, montaña rusa fuera y dentro, el mundo corriendo a mi alrededor para ponerse al día. Entré en una dinámica de felicidad absurda sin razones.

Quedé atrapada en una oficina, huérfana de vocación sin saber si me la han quitado o la he perdido sin querer. Los días pasan y cada uno termina siendo una especie de minibatalla por sobrevivir, por mantener a flote algo que me importa poco, que sólo es un medio y no un fin. Pero quizá el problema es que no tengo ese fin, esa meta, he perdido la razón. Y quizá ese sea el motivo por el que inicié otra guerra, una con batallas concretas, una con objetivos claros, una con niños cuyas sonrisas importan muchas veces más que la mía. Una por la que luchar aunque el mundo se desmorone. Un sueño de siempre. Y me ha traído alegrías inesperadas, que han tapado de largo la letra pequeña y las partes malas. Alguien me dijo que no existía la verdadera generosidad desprendida, que no existía la solidaridad real. Bueno, pues esta debe ser mi razón oculta, el egoísmo de mi entrega.

Una vida soñando con hacer algo con estas manitas que de verdad mejore las cosas aunque sean mínimamente. Marcar diferencias. Una vida soñando salir de misión internacional, poner ladrillos, crear sonrisas, pero de verdad. Es peligroso vivir ahora para que llegue ese momento, simplemente pasar los días hasta que pueda subirme al avión a Uganda como si a la vuelta todo fuese a estar cambiado, como si la magia de ese viaje fuese el cicatrizante que puede solucionar las brechas de mi vida. Llorar cada vez que se retrasa otro mes, ahorrar migajas para pagar el billete. Así que los deberes para mi primer mes con 29 años son crear otras metas, aunque sea pequeñas. Seguiré soñando con lo mismo, pero fabricaré aquí el resto para que mi vida no sea un mientras o un hasta que.

Al final, este ha sido un año lleno de heridas, pero no ha sido el peor. Ha sido un año lleno de lágrimas, pero no ha sido el peor. Sobre todo ha sido un año lleno de vacíos, pero no ha sido el peor. Y una y otra vez me he dado cuenta que no ha sido el peor porque mi mundo se ha llenado de habitantes, y unos cuantos, no muchos pero más de los que imaginarías, son habitantes de los que importan de verdad, de los que aportan, de los que llegan, de los que se asoman a mirar y me ven. Así que me mantengo en equilibrio, navego las mareas, trato de llenar los huecos y seguir los puntos, evoluciono y crezco, me siento fuerte y frágil, caigo y sonrío.Y mientras, ellos siguen ahí, importándome, queriendo, habitándome. Quizá sin tanta batalla, quizá sin tanto vacío, quizá sin las heridas, me los hubiese perdido.

Al final, en estos últimos meses, aunque nada ha cambiado de fondo, yo he ido evolucionando, curando, creciendo y sobre todo me he aprendido un poco más. Creo que esa es la razón de mi felicidad sinrazón, el motivo de que mi ciclotimia se suavice tanto. Creo que a veces logro el equilibrio. Ya tengo casi finalizado el manual del 2.3. Veo mucho mejor, le cambié las gafas a la intuición, y a veces casi consigo dejarme ayudar, apoyarme de verdad. De repente, creo que la felicidad no es tan difícil de conseguir, sólo nos empeñamos en que lo sea, poniendo trabas y excusas para mantenernos ocupados siendo felizmente infelices.

A la vez que el vacío, al pérdida de horizonte, la soledad, han sucedido tantas pequeñas y enormes cosas, tan bonitas, tan emocionantes, he tenido que dar tantas veces las gracias sintiendo que se me quedaban pequeñas en la boca, he tenido que decir tantos te quiero sabiendo que se quedaban cortos, que estos últimos meses se han hecho grandes y hace tiempo que cuando sonrío me sonríe el alma. Me sigo sintiendo pequeña, siguen faltando cosas, pero ahora sé estar sola, he hecho las paces conmigo y me pedí perdón.

A veces se me olvida, o miro tras las esquinas, dejo salir al vacío, me doy cuenta de que en el fondo nada ha cambiado, pero en general ya no puedo naufragar. Hay demasiadas manos tirando de mi para que nade, y hay demasiadas razones para respirar. Cuando echo de menos un cuerpo entre las sábanas, se me ocurren maneras de encontrar tiritas con vocación de intermitencia. Cuando miro a lo lejos y no veo metas, me las fabrico con orfanatos que me llenan cada centímetro de realidad. Cuando me siento vacía o sola, tiendo la mano porque en algún momento alguien que me importa la coge. Cuando me entran ganas de esconderme tras máscaras de felicidad, me recuerdo que he firmado un pacto de sinceridad, y dejo de mentirme. Para qué voy a hacerlo. Ahora hay gente que ve.

Haciendo balance... Ha sido un año completo. Un año en el que he crecido de nuevo, he despertado. Busco el equilibrio y lo pierdo, nada ha cambiado pero a la vez, todo es distinto, y aunque absurdamente quizá, sigo aferrada a una felicidad que ahora la mayoría del tiempo es muy de verdad aunque no tenga motivos. Y entonces ya, que venga la marea que quiera, que se me llene el calendario de días rojos, yo tengo mis Tiffany's.

Cita al tema para freaks (a ver quién adivina de dónde la he sacado):

"Every cell in the human body regenerates on average every 7 years. Like snakes, in on our way we change our skin. Biologically we are brand new people. We may look the same, we probably do. The change isn't physical, at least not in most of us, but we are all changed completely forever [...] When we say things like people don't change, it drives scientist crazy, because change is literally the only constant in all science. Energy, matter, is always changing, morphing, merging, growing, dying... is the way people try not changing that's unnatural. [...] Change is constant. How we experience change is up to us..."

Confiar. Una de esas palabras sencillas, siete letras de nada, de esas que suelen ser más fáciles de decir que llevarlas a cabo. Para mi confiar es sin embargo fácil, porque es un estilo de vida. Es una elección primaria. Imagino que está marcado a fuego en algún lado, tallado en las costillas quizá. No sé no hacerlo, y creo que ni siquiera quiero saber.

Pero cuando uno escoge confiar, ha de saber que tiene sus riesgos. Te expones a algún que otro arañazo, un par de puñaladas, una herida de muerte a veces. Es inevitable. No me refiero a la confianza ciega, pues si alguien la practica no tiene ningún mérito. ¿Qué gracia tiene saltar al vacío si no tienes ni idea de los peligros, sin vértigo, sin miedo? La confianza ciega es para tontos que se suicidan sin querer. Imagino que algún día fui de esas, pero se me pasó.

En mi caso, es más una presunción de inocencia al estilo americano. Todo el mundo merece un grado de confianza hasta que se demuestre lo contrario. A partir de ahí, cada uno se gana lo que tiene, imagino, pero ir pasando las fases parece sencillo. No tenía presupuesto para monstruos de final de pantalla dignos de verdad. En el fondo soy una sentimental, me da por esperar lo mejor de demasiada gente. Y si se demuestra lo contrario, vuelta a empezar pero con -30 puntos...

Por eso, quien confía, termina doliéndose. Y en muchos casos, la culpa es suya. Soy, por ejemplo, culpable muchas veces de esperar de forma proporcional a lo que he dado. Sí, lo sé, lo sé, ya he dicho que soy una sentimental. Confieso que aún creo en la bondad humana (y no, no creo en el Ratoncito Pérez, ni en Papá Noel, ni siquiera en Dios...) Todas y cada una de esas veces me he recordado que acepté los riesgos, que no se me prometió nada, que yo decidí darme. Entonces saco la balanza, y ella me dice si aún así vale la pena. Cuando te molestas en hacerlo así, en ver el todo, te sorprendería las veces que la balanza te dice que sigas adelante.

¿Cuál es la alternativa? ¿Desconfiar como base? ¿Vigilar los flancos, cavar trincheras, defender el fuerte antes de que llegue el ataque? ¿Blindarse la piel, mantener las distancias? ¿Cómo se puede catalogar de locura la confianza cuando la alternativa es el paradigma de la paranoia? Prefiero tener el corazón lleno de heridas antes que nuevo a estrenar. Prefiero rasgar el envoltorio, dejar que se vea. Prefiero el dolor a la indiferencia. Prefiero sentir a evitar. Si me preguntas, elijo susto en vez de muerte.

Y aún así, cada vez que confío, cada vez que espero, cada vez que termino doliendo, no puedo evitar sentir en el fondo de la herida un punto más de soledad. Porque aunque me guste esperar sorpresas, de esas de las buenas, de las que no cuestan dinero sino cariño, de las que de repente te arrancan una sonrisa increíble y te ponen el alma de gallina, de las que te dicen que esa persona te ve de verdad, aunque sepa que en la mayoría de los casos no llegarán, de vez en cuando es divertido recibir lo que esperas. De vez en cuando es divertido recibir beso en vez de susto.

Victor había bajado a comprar algo para comer, quizá un postre suculento que endulzara la cena del hospital. Era la primera vez en todo el día que salía de la habitación. Sandra apagó la tele, agradeciendo esos momentos de silencio. Al menos todo el silencio que se puede esperar en una planta atestada de recién nacidos en la hora en que los celadores pasean las bandejas de la cena por los pasillos. Necesitaba por fin unos momentos a solas con Virginia (porque así se iba a llamar, gustase o no a su suegra), que dormía plácidamente envuelta en sus latidos, tan bonita que casi dolía.

En esos instantes Sandra no podía evitar preguntarse qué pasó por la cabeza de su madre cuando la tuvo en brazos por primera vez. Qué soñaba para su hija, qué esperaba de ese pequeño ser indefenso y vulnerable. No podía culpar a su madre de sus expectativas, no podía echarle en cara el ser reflejo de una generación y de un modo de pensar tan patriarcal como el mejor cuento Disney. Imaginaría a la pequeña Sandra bella y sumisa, princesa esperando a su media naranja, que llegaría subido en un corcel, ama de su casa, feliz en su pequeño mundo. Nunca le había ocultado a su hija lo poco que entendía sus ambiciones, su trabajo, sus novios variados, esa libertad que a ojos de su madre sólo podía llevar a complicaciones.

Quizá en muchos sentidos la de Sandra - llena de prisas y de retos, la frustración del inconformismo, tantos huecos por cubrir, siempre corriendo para llegar al siguiente sueño-, era infinitamente menos sencilla que la vida de su madre, pero también vivir en una caja sería más sencillo. Cada uno era libre de decidir, pero prefería imaginar a su hija una existencia compleja y rica en matices. Se había pasado media vida haciendo listas mentales de cosas que no haría a sus hijos, la mitad de las cuales había olvidado al enfriarse el enfado adolescente. Muchas de ellas seguramente las repetiría con Virginia, quizá incluso dándose cuenta de la contradicción, pero con algunas no lo haría.


Así que alargó la mano para apartar la sábana del rostro dormido de su hija, dispuesta a desvelarle los secretos que ella tanto tardó en descubrir. Ese ser minúsculo que había logrado hacerla sentir completa, juguete frágil de la genética, abrió la boca en un perfecto bostezo silencioso, con las manitas aferrándose al aire, y se arrebujó como un gatito contra su pecho. Entonces, mientras esbozaba una sonrisa y rozaba esa manita rosada, Sandra estalló en sentimientos tan contrarios que casi la partían en dos. La felicidad más intensa y el miedo más aterrador. Una lágrima resbaló sobre la sonrisa, enorme y salada, mojando el pijama de Virginia. Y en un susurro roto, Sandra empezó a hablar antes de que dejaran de estar solas, antes de que el mundo siguiera su curso, antes de que no se atreviera a decirlo en voz alta.

"Hola otra vez, pequeña. Te vas a tener que acostumbrar a mi voz, porque pienso pasarme la vida hablándote o escuchándote, al menos mientras me dejes. Quizá es muy pronto para que entiendas lo que te voy a decir, pero me ha costado una vida recopilarlo, y de la mitad sólo domino la teoría. Verás que la práctica nos la ponemos dificil a veces.

Vas a ser una mujer preciosa, sobre todo si has sacado los ojos de tu padre. Me he pasado el embarazo deseando que lo hicieras, porque fue lo que me enamoró de él. Tu belleza será tanto don como maldición. Algunas cosas te serán más fáciles, pero no serán las importantes. La vida es casi siempre difícil para una mujer bonita, porque tendrás que ganarte cada paso del camino y demostrar que merecías darlo. Pero la belleza, cariño, es efímera. No te pases la vida pendiente de ella o te volverás loca cuando se vaya marchitando. Lo verdaderamente importante es ser feliz, que haya algo detrás de tu sonrisa, y ese es un trabajo de tiempo completo.

No te creas los cuentos que te leerá tu padre, llenos de princesas y dragones, príncipes azules que las salvan de aburridas vidas para encerrarlas en vidas aún más aburridas con la excusa del amor. Ningún amor vale la pérdida de libertad, y ningún príncipe te hará libre. Elige, cariño, o elegirán por ti. No dejes que nadie tome por ti decisiones importantes. No te sientas culpable por cosas que no dependan de ti. Te enamorarás, te harán daño, te recuperarás y vuelta a empezar. Es un juego que duele pero vale la pena, porque a fuerza de apostar a veces ganas. Pero tu vida no puede depender sólo de ello.

Virginia, esto es una de las cosas que más me ha costado ver. Tu abuela me hizo creer casi sin querer que la vida hay que vivirla esperando a esa persona que te haga sentir completa. Si necesitas que alguien te complete, entonces hay un problema que será mejor que soluciones a solas. Vive, disfruta, siente el equilibrio, piérdelo, equivócate. Llena cada minuto y no pierdas el tiempo en cosas que no tienen importancia. Decidir qué lo tiene y que no será dificil, y seguro que discutiremos un montón sobre ello...

La verdad es que ahora, justo ahora, de repente me doy cuenta de que tengo una vida entre las manos, una vida trenzada a la mía con lazos tan intensos que hacen que me muera de miedo. Todo es tan difícil a veces que haría lo que fuera para evitarte el dolor, te encerraría en un canasto de algodones y chuches para salvarte de vivir, pero te tienes que caer de vez en cuando, aprender de tus heridas, llorar. Vale tanto la pena cuando te levantas, cuando ríes, cuando sigues caminando.

Mi niña, hay cosas que tendremos que hablar tranquilamente cuando crezcas un poco, y tu padre pondrá caras raras si las escucha, pero si quieres vivir un cuento, si al final eliges ser princesa, espero que te conviertas en dragonesa cuando te bese el príncipe. Tienes tantas cosas por vivir que no creo que te dé tiempo a limpiar el palacio, así que..."

"¿A limpiar el palacio?". Sandra levantó la mirada, una lágrima sorprendida a medio camino hacia la barbilla, y sonrió traviesa. Victor estaba apoyado en la puerta con dos helados en la mano, el pelo revuelto y la camisa arrugada. "Nada más nacer y ya la vas a educar para princesa..."

"En todo caso para princesa republicana."

Sandra liberó una mano para secarse las lágrimas. Virginia dormitaba aún, minúscula e inmóvil. Toda la vida por delante, tantas incógnitas, quedaban tantas cosas que decir... Ya habrá tiempo, pensó cogiendo el helado antes de que se derritiera en el calor de la habitación. Eso es lo que ahora corría más prisa.

Quiero ser susurro atronador, quiero rasgar la noche con mi silencio afilado, sonreír a la luna con altivo respeto, calarme de la lluvia que tanto anhelo. Quiero comerme la soledad con cubiertos de plata, y reírme de todo, y reírme de nada. Quiero marcar diferencias al andar de puntillas, quiero ser diferente cada vez que me miras, quiero bailar cuando calle la música, y hacerme la dura leyendo entre líneas. Quiero derretirme sin besos ajenos, ser dama o ser puta nunca fueron extremos, quiero gritar en callada alegría, o llorar transparencias sin necesidad de agonía. Quiero vivir. Quiero querer, y me quiero, porque no me hace falta amor si no lo llevo dentro, no me hacen falta besos si no los deseo, y si no los mereces, o si no los merezco. Quiero guardar recuerdos en cada bolsillo, saltar en los charcos de cualquier niño, mirar la vida en clave de dibujo, suspirar, respirar, inspirar, soplarte. Quiero recordar voces y letras, quiero cantar las canciones secretas, como si no hubiera mundo, como si el tiempo esperara, como si no tuviera nada para mañana. Quiero llenar la nevera de tuppers, con sobras de sobras que nunca se acaban, quiero sortear mi alma, o quizá esquivarla, quiero mirarla, entenderla, coserla en pedazos, llenar con retazos un corazón repleto. Quiero tenerte, ser libre, volar. Quiero prenderme, ser aire, soñar. Quiero pies descalzos, quiero nuevas metas, quiero bailar tu danza, quiero sondear la brisa, partir candados, romper los dados, jugar sin reglas, y ganar. Quiero arrancarme el tiempo parado, quiero caminar los pasos andados, quiero girar en la calle más larga, quedarme sin aire jugando entre sábanas, surcar paraísos, gastarme los labios, llenar mis vacíos, rasgar los vestidos, subirme a tacones desnuda y a oscuras, que caiga la ropa olvidada en el suelo, quiero encender la luz, quiero quemar la cama, quiero saldar las deudas, quiero lamer la nata, quiero gritar. Quiero sorpresas, saber si me besas, quemar las llaves de vuelta al pasado, acordarme de todo cuando rozo tu mano. Quiero ser yo, cada estrofa de mi vida, sin cadenas, con sonrisas, con las alas susurrando horizontes, sin necesidad de aprender más razones, sin más choques. Quiero mantener el sonoro silencio de la soledad elegida, quiero anhelarla como la odio, quiero disfrutarla como la sufro, quiero tenerla porque es tenerme, quiero crecer siendo una por una vez, quiero aislar la dicha de estar completa, viajar descalza, quedarme quieta, surcar la noche, saltar a ciegas, quiero sentirme viva, soñar despierta. Quiero vivirme, tal como soy, tal como seré en un minuto, en un año, en diez. Quiero volar, y no hay ancla que me arrastre al suelo cuando la libertad me eleva, nadie puede robarme la música de mis venas, quiero sentirme en mi piel, ser sagrada en mi pecado, ser mujer en tu regazo, respirar cada segundo, quiero no necesitar sino querer. Quiero. Soy. Merezco. Vivo. Mira.

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