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Paro a descansar y me encuentro. Estoy cansada de correr, mi vida una carrera contrarreloj en la que nunca nada es suficiente. Más minutos, más metas, y en la cabeza ese refrán de "quien mucho abarca" atenazando las inseguridades. Por más que corro nunca consigo adelantarme, al final siempre sigo ahí lista para exigirme el resto, para señalar las faltas, para inventariar los fallos. Rellenando la vida de tareas como si fuera un pavo, sin darme cuenta de que al final sólo es relleno. El vacío sigue ahí, en el centro del pecho, en cada respirar ardiendo como nada. Un nuevo día amanece y de nuevo echo a correr, pero al final no conseguiré dejarme atrás.

Las sonrisas se suceden como se suceden los días, porque así es la naturaleza de las cosas y porque tiene que ser así. Finjo no darme cuenta que cuesta más no llorar por tonterías. Estás más sensible, dicen, y me suena a eufemismo cuando lo que quiere decirse es que estás más triste. O simplemente es que se rompió la coraza de tanto usarla. Finjo no darme cuenta de la soledad, miro para otro lado mientras sigo corriendo y rellenando minutos con tantas cosas que ya ni puedo contar.

Por favor, páreme aquí mismo y déjeme bajar. Sé que no es mi parada, ni siquiera tengo idea de dónde estoy pero necesito respirar el aire contaminado de la calle, necesito andar llegando tarde, tardar andando, cerrar los ojos y escuchar el mundo mientras corre sin mi. Déjeme aquí, abra las puertas, no puedo correr más. No puedo permitirme llegar tan rápido a las metas porque al final no hay nadie allí esperando, sólo más motivos para correr, menos razones para quedarme.

Maybe I only need someone to love me inside out. O quizá sólo necesite dejar salir el vacío sin maquillar. Maybe I just need noone else. Y dejar que la marea se lleve los naufragios que atesoro para no dejar de sentir. Quizá sólo necesito dejar de correr, pero no puedo fingir que eso sea fácil. Ni posible.

Esto estaba guardado como borrador del día 10 de mayo. No he cambiado ni una coma, y releyendo creo que tampoco ha cambiado mucho el resto tampoco. Es curioso releerte cuando ni te acuerdas de que escribiste... Lo único que ha cambiado es el 15 de mayo. se verá si al final son burbujas independientes unidas por un camino o si de verdad hemos aprendido a romper las individualidades a ratos para darnos la mano...

Cuanta más gente conozco más sola me siento. Podría parecer un oxímoron pero es una de las mayores verdades que he aprendido últimamente. Tan grande que no puedo pensar en embellecerla con juegos de palabras bonitas. Cuanta más gente se preocupa por preguntarme si estoy contenta, más infeliz suelo ser. Imagino que eso es más lógico, con mi habilidad para esconder lo que siento no deberían preguntar si soy feliz, sólo verlo. Al menos están lo suficientemente cerca para ver que no lo soy, hay ya demasiados que simplemente opinan que debo de serlo de una forma tan drástica que no se molestan en mirar si es verdad. Y esto me lleva a la siguiente verdad. A casi nadie le importa el resto lo suficiente como para mirar de verdad, no vaya a ser que lo que vean no encaje en sus planes. La gente pulula por el mundo creyendo que crea vínculos reales, sentimientos verdaderos, y generalmente sólo mantienen aquel que mantiene protegido su trasero.

sí, lo sé, demasiado cinismo para una optimista, para una idealista utópica quizá, perroflauti para ciertos amigos. Pero creo que no hay mérito en el optimismo si se basa en la incapacidad de percibir lo que está mal, las partes negativas, los contras. Racionaloptimista. Y no es que realmente pueda evitarlo, quizá tampoco tiene mérito si es lo que eres. A veces lo evitaría sin duda, harta de navegar en un océano de individualidades ciegas pendientes sólo de su pequeña burbuja, rozando la tuya de vez en cuando lo suficiente como para molestarse en mirar dentro. Hay excepciones, las hay. Quizá de todas formas me gusta demasiado la gente individual, diferente, con algo que decir, como para poder ser feliz. Rebotando entre nosotros en pos de la vida de cada uno, y si nos cruzamos un rato, bienvenido sea depende de con quien es.

Pero tengo sueños, y eso al parecer me incapacita para mi infelicidad. He de estar contenta porque están ahí aunque no sean para mi, la vida pasando mientras los cumplo, perdiendo la partida para jugar con la cartas de otros que recibieron unas malas manos de salida. Al fin y al cabo sólo me importan a mi. O eso me han dicho a veces. Y no tengo derecho a estar cansada, o querer rendirme a veces. Sólo tengo que seguir, y seguir implica que sobrentiendan felicidad, me pregunten si estoy contenta y conozca más gente, ergo, que me sienta más sola mientras la vida sigue avanzando sin mi.

¿Y si te digo que hace días que no hago más que crecer? 
Desde que solté tu estela,
                                       desnudo oquedades 
                                                                      y las lleno de quimeras.
Algunas se rompen, pero no parece importar más que un tiempo,
me levanto y sigo y hasta sonrío mirando dentro,
y llega una quimera nueva, otro sueño, otro regalo,
cortas las tormentas desde que conozco los secretos.
Para crecer hay que romperse, o eso he aprendido... 
Para crecer hay que pasar fiebre,
te crujen las articulaciones del alma cuando la doblas por donde no es.
Duelen las rodillas, no sé vivir agachada.
Así que me rompo y crezco puntualmente
                                                              cada pocos días
                                                                                        desde que te abandoné a mi suerte.
Qué suerte abandonarte.
Recorro las miserias de mis pasillos oscuros,
me acostumbro a los silencios y a los gritos que me habitan. 
Y al final,
               cada pocos días,
                                         me surge una sonrisa
                                                                          y dejan de doler los nuevos rotos.
Hay tantas luces, tantas cosas, por las que sonreír... ¿no te das cuenta?
Desde que no me miro en tus espejos 
disfruto de la soledad 
repartiendo sentimientos 
entre los huecos que ha dejado, 
que has dejado. 
Quizá los dejé yo. 
             Tantos vacíos mientras busco el equilibrio... 
                           Ciclotimia de días que parecen viajes, mirando dentro más que por la ventanilla.
                                                 Viajando dentro.
A veces anhelo compañías, 
a veces las tengo.                                   
Cuanto más me alejo de ti
                                       menos me duelen las mediocridades
                                                                                              en las que navegas perdido,
            menos me preocupa no ser tu faro cuando descubras que me he ido.
                                                  Menos me tumba el viento que recorre mi mundo,
                                                                                         más rápido escribo las letras de un nuevo futuro.
Y si no llega,
no hay problema.
Relativizo lo que venga
desde que no vienes tú.
Y te echo de menos, 
más de lo que mereces,          
menos de lo que debería.                    
Creo que he encontrado la receta,
                                           y pienso devorarla antes de que me cambien los ingredientes.
 Te debo mucho, lo sé,
                                 pero la verdadera pena es que tú no sabrás lo que me debes
hasta que no puedas venir a pagarlo.
Que te vaya bonito, naúfrago errante.
                                         Sílbame cuando te encuentres,
                                                                         pero silba bajito,
                                                                                       no vaya a enterarme.

Esta mañana me había propuesto colgar un relato, algo sencillo para obligarme a escribir, a mantener las letras, a no perder la costumbre, pero hoy no puedo inventarme historias porque me duele demasiado la realidad. Los muertos de Libia no son más importantes que los de Ruanda o Congo, no son ni una centésima parte de los que mueren cada día en conflictos armados de todo el mundo, pero de vez en cuando tienes que volver a abrir los ojos y mirar. Debería ser una obligación para los que vivimos en el Norte, en países en paz, en democracia y libertad. No digo que tengamos que estar perpétuamente dolientes, contínuamente pagando por haber nacido en la orilla buena, simplemente digo que no se puede mirar para otro lado siempre. De vez en cuando te tiene que doler de verdad el mundo, porque si no no mereces vivir en él. Y hoy a mi me duele Libia.

Vivimos un momento histórico en el que los pueblos de Oriente Próximo han iniciado una revolución, luchan simplemente por su libertad. Todo pasa delante de las cámaras, y te llega directamente a tu sofá. Revueltas pacíficas sofocadas a balazos, dictadores derrocados por el simple poder del pueblo manifestándose como en el caso de Egipto. En tu pantalla se crea un grupo de apoyo al pueblo libio, y le das a "me gusta" justo después de declararte partidario de un grupo de "señoras que..." y justo antes de darle a "me gusta el helado de vainilla con el brownie en el Vips". Mientras, Gadafi capa las comunicaciones por internet en Libia, y envía helicópteros de combate a bombardear a civiles desarmados violando derechos humanos a mansalva. Un crimen de guerra en tiempos de supuesta paz, los civiles estarían más protegidos si se hubiese declarado oficialmente el conflicto. Compartes un video de youtube en el que matan a un manifestante que simplemente estaba pidiendo libertad, y te unes a un evento de marcha virtual contra la represión violenta de las revueltas en el que ni siquiera te tienes que mover del sofá. ¿Y la ONU, y los líderes del mundo? Imagino que regando la granja del Facebook o eligiendo serie para esa noche.

Y yo no estoy haciendo nada ni mejor ni peor que todo eso. El hecho de que me duela la raza humana, de que me indigne, el hecho de que dedique unos minutos a reflexionar sobre estas paradojas de la globalización no me hace mejor persona, no me hace más comprometida. Sólo me hace quizá más infeliz que aquel que decide vivir en la ignorancia, mirar para otro lado, apagar el telediario y quejarse de la crisis, del fútbol, de que el café está frío o que el invierno nunca se acaba. La ignorancia en muchos casos es la felicidad, pero en este caso no me da para elegirla, no puedo evitar mirar. Prefiero mirar cada día aunque sea con los ojos entrecerrados para que no me abrume tanta mierda.

Hoy me gustaría estar lejos y estar haciendo algo de verdad. No valgo para una trinchera, creo, o para correr delante de las balas por la libertad de otros, pero hoy sería feliz en un hospital de campaña.

De vez en cuando no viene mal pensar en la suerte que tienes, en las comodidades, en la libertad en la que vives. ¿Crisis? Hay países que llevan en crisis décadas, y gente cuyo día a día consiste en luchar por seguir vivo. Me harta la militancia de sofá, vale que no puedes pasarte el día llorando por los que están peor que tú, doliéndote por el maltrecho Sur o los pueblos oprimidos, pero no puedo evitar tener unas ganas locas de poner ladrillos de verdad, sea en Uganda o en El Salvador.

Hoy a mi me duele Libia y me duele el mundo, pero sobre todo me duele el culo de estar sentada mientras que el mundo duele. Y a ver si se mueren ya los dictadores de este planeta, que sería un primer paso, coño. Asco de raza humana, con tantas luces y con tantísimas sombras...

Esto lo escribí hace un año por estas fechas. Mi invierno está siempre lleno de muertes. Vuelve a ser tarde, más de una semana desde el 22, y de nuevo me pongo a encender velas. Esta vez no estoy tan perdida, un año de trabajo me ha costado, pero vuelvo a echar de menos, parece que más cada año, y vuelve a doler cómo los recuerdos se difuminan en los detalles.Ojalá llegue ya la primavera...

Un año más, y esta vez tarde. Hoy hasta me costó encender las velas, temblaba la llama en mi mano, sangrando lágrimas que cada vez parecen más saladas.

Esta vez me cuesta recordarte con una sonrisa, mi flaco.

Esta vez te miro después de tantos años y escuecen nuevas heridas.

Esta vez coincide que ando perdida, buscando las huellas que debieran seguir mis pasos, decidiendo si debo crear algunas nuevas que me enseñen a andar, buscando tu mano.

Esta vez da la casualidad de que aún te echo más de menos, necesito aún más de tu abrazo y casi me sorprende lo que duele saber que no estás. Si cada año va a doler más, no sé si quiero que pasen.

Esta vez las lágrimas caen sobre vacío, y los recuerdos huidizos pasan como ráfagas arañando mis párpados, y casi no consigo recordar tu voz.

Esta vez pasó tu día entre tantos otros, y aquí estoy, soñando que te importa, imaginando que me oyes suplicando aprobaciones que no llegarán nunca, queriendo creer.

Esta vez tu sonrisa casi duele, porque es lejana, pero sobre todo porque parece que no descansarás nunca. Que no descansaré nunca. Estoy harta de otro invierno sin ti. Todo hubiese tan distinto.

Me enseñaste a querer y no sé si aprendí bien. Me dejaste una noria de juguete con corazón de walkman y un peluche, pero sólo necesitaba un padre. Mi flaco, ya no sé cómo llorar para sentirte más cerca. Ya no sé cómo gritar para que escuches que te quiero.

Ojalá fuese tan fácil como cerrar los ojos y verte, pero ni eso me dejaron. Malditos hijos de puta que me enseñaron lo que es odiar de verdad.

El recuerdo de un abrazo, tu chaqueta rellena de oveja, unas fotos que cada vez son más viejas, tantas preguntas y tan poco tiempo, tanto cariño que tardé demasiado en aceptar. Había tanto pasado que no se me ocurrió que quedase tan poco futuro.

Ojalá te hubiese abrazado más fuerte para que hubieses quedado marcado. Ojalá te hubiese dicho que te quería tantas y tantas veces como lo pensé. Ojalá recordase tu olor.

Este año me cuesta recordarte con una sonrisa, mi flaco, y no encuentro descanso en llorarte. Hasta las velas tiemblan, y sólo desearía abrazarte una vez más. Esta vez, esta noche, sólo me queda imaginar que te sueño y no te vas.

Siempre te querré.

Llevo tanto tiempo haciéndome pequeña para no molestar a nadie, susurrando las palabras endulzadas, escondiendo las razones, caminando de puntillas, rodeando escollos, tapándome el sol, tanto tiempo desapareciéndome ante otros ojos para no resaltar, pintándome de monocromo, poniéndome detrás en la foto, borrándome la luz... Tanto tiempo creyendo crecer al hacerme pequeña que me lo terminé creyendo.

Acabé empequeñeciendo por dentro, comprimida entre paredes de gris normalidad, mirando hacia arriba, saltando para ver por encima de la barra, tapando heridas con parches mediocres, soñando posibles, decolorándome el alma, olvidándome. Tuvo que venir un recuerdo a recordarme que me acuerde de ser yo. Me queda pequeña esta sombra, quiero volver a mirar de frente, sacudir las alas y vestir el ángel.

Limpiando cristales me hallarás para dejar salir la luz que alguien vio hace años. Sacando brillo a las sonrisas de verdad, cambiando sábanas de soledad. Lo siento, ahora no puedo llevar tus pesos en mi espalda, me toca ser egoísta para poder caminar un poco más rápido. Descalza entre sueños, desnuda entre mentiras, no pienso correr ni dar explicaciones. No puedo llevarle las maletas a todo el mundo y no paro de intentarlo. Hoy no quiero llevar ni mi bolso. Por fin creo que estreno impermeable, me resbalará todo lo que no es importante. ¿Quieres verme? Asómate tú, que me cansé de enseñarte.

¿Cuándo perdimos de vista lo breve de esta estancia? ¿Cuándo nos empeñamos en complicar lo sencillo para darle sal a la vida? ¿Es que de verdad pensamos que lo difícil es más divertido? ¿No sería genial a veces simplemente ser? ¿Cuándo decidiste que sabes que la vida puede esperar a que estés listo? ¿Y cuándo decidió el mundo dejar de luchar y echarse en el sofá? Me cansa el conformismo, la idea de que otro lo arreglará todo, y ese otro que no llega. Creo que me hacen falta batallas y causas, puede que sienta que este mundo no merece más de lo que tiene si no conseguimos hacer absolutamente nada juntos.

Aún no sé cuál es mi sitio pero no voy a parar a esperarlo, puede que para llenar el vacío sólo me haga falta yo. Yo y todo aquello que de verdad merezca la pena. El resto, son sobras, y no me quiero parar a mirarlas porque al final se te pegan a los pies.

De puntillas, creyendo posibles sonrisas para poder caminar desnuda. Asómate, sería genial esperar lo que no llega juntos. Puede que sólo merezca la pena querer. Puede que el resto sólo sean quimeras para entretener una vida en la que perder el tiempo es un lujo absurdo.

Creo que ya es hora de seguir, y quien quiera que siga.

Era muy tarde para andar sola por el centro de Madrid. La acera estaba tapizada de otoño. Siempre le han sentado bien los ocres a la ciudad, le resaltan la vida. Cada respiración marcada por una nube de vaho reiteraba la cercanía del invierno, deseoso de matar las hojas con su escarcha. El invierno siempre tan lleno de muerte.

Quizá fuese muy tarde para sentarse sola en el centro de Madrid, pero buscó un banco de piedra en el bulevar, uno que estuviera libre, uno con vistas al cielo negro entre las ramas. Varios habitantes sin derechos dormitaban entre cajas, invisibles. Una lágrima más escapó mientras se sentaba. No podía recordar su voz, ni a qué olía cuando la abrazaba al despertar, sólo tenía imágenes difusas, ráfagas de recuerdos, momentos concretos que escapaban al instante. No podía aferrarse a ninguna sensación, y esos recuerdos estériles sin alma eran peor que nada. Eran señales de olvido. Pasaban los años y cada vez era más difícil verle.

"Remember me and smile", Robert Smith cantando su nota de despedida una y otra vez en su cabeza. Es mejor olvidar a recordar llorando. Pero ella estaba haciendo trampas. Es imposible no llorar cuando la esencia de una persona se te escapa entre los años. En invierno se le acumulan las muertes y no puede recordar más que vestigios. No quería ir a casa a enfrentarse a las velas que señalan sus días de duelo, a presentar el informe de la vida que lleva, "otro año sin ti y esto es lo que he hecho", haciendo balances para justificarse ante ausencias, estando a la altura de quien sobrevive a muchos y ha de vivir lo que otros no pueden.

"Con la vida que has tenido es un milagro que no estés loca", de repente su voz resonando en su silencio. Ángel siempre le decía eso, y al parecer resultó saber demasiado bien lo que decía. "No creo en los milagros" contestaba ella siempre orgullosa. Comían palomitas entre las sábanas con alguna película en la pequeña tele, odiaba despertarse y encontrar trocitos blancos clavados en la piel. "Pues al parecer ellos creen en ti". Él la abrazaba y olía a galleta. Ella le decía que con ese aroma daban ganas de mojarle en leche. Y Ángel se reía, escandaloso, con los labios tan finos y tan rojos, los dientes demasiado blancos, el cuello lleno de pecas y esa barba inexistente.

Así sin más, Ángel la inundó, las sensaciones volviendo como cuando de repente te acuerdas de esa palabra que lleva todo el día escapándose. Quizá una persona son los detalles, esas cosas que le hacen real. Olía a galleta y la veía brillar con una luz que nadie intuía, ella que escondía las alas bajo capas de silencio y normalidad. Él no se cansaba de hablarla de eso, y ella nunca se lo creía demasiado. Se escapaban cada invierno en tren a ver la nieve haciendo novillos, y esa huída les sabía a triunfo. Tenía las manos siempre frías y algo ásperas, y una risa exagerada que llamaba la atención en los autobuses y el metro. El pelo negro, cardado o despeinado, y ese silencio que lo llenaba todo cuando le daba por escuchar o tenía un mal día, mirando la vida desde unos ojos oscuros como quien vigila un depredador. La sonrisa cuando sentenciaba sin opción a réplica. Las manías cuando comía, apartando cachitos, diseccionando filetes y menestras igual que diseccionaba el mundo. Y si tienes luz tienes luz. Innegable y aplastante. La música, siempre la música, endulzando sus heridas mientras las lamían mutuamente. Intercambiaban libros de poesía y recuerdos como quién juega a los cromos, y se les repetían tantos pasados que parecía un cuento. Tantos sueños, tantos planes, y un secreto para saltar. Ella la reina de la culpa, llenando los vacíos con mentiras para sobrevivir a la ausencia. Olía a galleta. Puede que ella oliese a nata, no lo sé, él nunca se lo dijo.

Quizá era muy tarde para sonreír sentada en un banco del centro de Madrid. La ciudad fingía dormir a su alrededor, las prisas olvidadas entre el sueño, el Prado oscuro como un mueble antiguo. A veces es más fácil seguir cuando recuerdas que cuando olvidas. Encajas las piezas y te cuadra la sonrisa. Dejó de preguntarse si la luz seguiría ahí, si la perdió en el camino mientras trataba de no volverse loca, si aprobaría su vida de quiebros y desmanes. A veces encontraba el equilibrio en su caos, había aprendido a perdonarse, había desterrado la mentira, y al menos había elegido caminar. De repente era fácil recordar queriendo sin que doliese. De repente era más fácil perdonarle por abandonar sus planes, por dejarla sola como un animal herido. Al final Ángel había tenido razón en algunas cosas, y en el resto, quizá no tuvo tiempo a tener razones.

Se levantó y siguió caminando hacia el coche. Había velas que poner. El otoño olía a galleta a su alrededor, o quizá eran sus recuerdos. Era ya tarde para caminar sola cantando entre susurros.

Remember me and smile, 'cause it's better to forget than to remember me and cry.

Te llevo escondido bajo la piel, como un tatuaje secreto, uno que se refleja en los espejos y estoy cansada de ver. Te llevo clavado como astillas en algún lugar del pecho, uno que a veces duele y estoy cansada de buscar. Te llevo dentro, como un okupa no invitado, habitando en los espacios donde el olvido no anidó. Te llevo como un equipaje, como una cicatriz, como un silencio. Te llevo y no quiero sentirte.

Voy a arañarte de mí aunque me haga heridas, voy a arrancarte a pedazos aunque dejes vacíos, no puedo dejarte ser. No quiero quererte así. No quiero tenerte en mí si no puedo tenerte cerca. No es que duelas, pero molestas cuando quiero echar a andar, como un ancla que me amarra al sueño que no eres, un peso adicional. Y no es sólo culpa tuya, porque te he dejado acomodarte entre mis costillas, te he dejado habitarme casi sin querer pensando que no importaba. Quizá sí importa ahora que lo pienso. Y por eso, voy a dejar de quererte.

Puede que cueste exorcizarme de ti, ya que a fuerza de permitirte ser le perteneces a mi cuerpo tanto como mis manos. Cierro los ojos y ahí estás tú, asentado bajo los párpados. Voy a borrarte de mis sueños y dibujarlos nuevos, para echar a correr dejándote atrás. Sólo tengo un miedo, sólo uno. Me pregunto si al echarte, al arrancarte de mi pecho y obligarte a marchar, seguiré sonriendo como ahora.

Quizá me llene de vacíos, los sueños en blanco y la ilusión desterrada. Frío donde había cálida promesa, un espejo de miedos. Quizá me crezca otra herida de emociones frustradas, o me pese la soledad en la ahora que me deleito. Pero lo cierto es que prefería hablar contigo cuando no quería besarte. Lo cierto es que quisiera poder darle oportunidad a alguien, en vez de simplemente dejar que sonrían a mi alrededor, como una actuación que no he pedido ver. Ni siquiera sé cómo hueles, y sin embargo ahí estás, haciendo cosquillas bajo la piel, acariciando mi ser con tus palabras de plata. Yo soy verdad, soy viento, soy risa y soy canción. No seré ni más ni menos, ni para ti ni para nadie.

Voy a dejar de quererte, me lavaré tus huellas hasta que sangren si es preciso, y me dejaré limpia de ti. Voy a sacarte de dentro. Voy a arrancarte de mí. Quiero dejar de llevarte, para poder quererme en libertad. Sal o entraré a echarte, y si una vez fuera te pierdes o te pierdo, trataré de enseñarte el camino de vuelta sólo si prometes no volver a invadirme. Hoy no quiero pasajeros.

Confiar. Una de esas palabras sencillas, siete letras de nada, de esas que suelen ser más fáciles de decir que llevarlas a cabo. Para mi confiar es sin embargo fácil, porque es un estilo de vida. Es una elección primaria. Imagino que está marcado a fuego en algún lado, tallado en las costillas quizá. No sé no hacerlo, y creo que ni siquiera quiero saber.

Pero cuando uno escoge confiar, ha de saber que tiene sus riesgos. Te expones a algún que otro arañazo, un par de puñaladas, una herida de muerte a veces. Es inevitable. No me refiero a la confianza ciega, pues si alguien la practica no tiene ningún mérito. ¿Qué gracia tiene saltar al vacío si no tienes ni idea de los peligros, sin vértigo, sin miedo? La confianza ciega es para tontos que se suicidan sin querer. Imagino que algún día fui de esas, pero se me pasó.

En mi caso, es más una presunción de inocencia al estilo americano. Todo el mundo merece un grado de confianza hasta que se demuestre lo contrario. A partir de ahí, cada uno se gana lo que tiene, imagino, pero ir pasando las fases parece sencillo. No tenía presupuesto para monstruos de final de pantalla dignos de verdad. En el fondo soy una sentimental, me da por esperar lo mejor de demasiada gente. Y si se demuestra lo contrario, vuelta a empezar pero con -30 puntos...

Por eso, quien confía, termina doliéndose. Y en muchos casos, la culpa es suya. Soy, por ejemplo, culpable muchas veces de esperar de forma proporcional a lo que he dado. Sí, lo sé, lo sé, ya he dicho que soy una sentimental. Confieso que aún creo en la bondad humana (y no, no creo en el Ratoncito Pérez, ni en Papá Noel, ni siquiera en Dios...) Todas y cada una de esas veces me he recordado que acepté los riesgos, que no se me prometió nada, que yo decidí darme. Entonces saco la balanza, y ella me dice si aún así vale la pena. Cuando te molestas en hacerlo así, en ver el todo, te sorprendería las veces que la balanza te dice que sigas adelante.

¿Cuál es la alternativa? ¿Desconfiar como base? ¿Vigilar los flancos, cavar trincheras, defender el fuerte antes de que llegue el ataque? ¿Blindarse la piel, mantener las distancias? ¿Cómo se puede catalogar de locura la confianza cuando la alternativa es el paradigma de la paranoia? Prefiero tener el corazón lleno de heridas antes que nuevo a estrenar. Prefiero rasgar el envoltorio, dejar que se vea. Prefiero el dolor a la indiferencia. Prefiero sentir a evitar. Si me preguntas, elijo susto en vez de muerte.

Y aún así, cada vez que confío, cada vez que espero, cada vez que termino doliendo, no puedo evitar sentir en el fondo de la herida un punto más de soledad. Porque aunque me guste esperar sorpresas, de esas de las buenas, de las que no cuestan dinero sino cariño, de las que de repente te arrancan una sonrisa increíble y te ponen el alma de gallina, de las que te dicen que esa persona te ve de verdad, aunque sepa que en la mayoría de los casos no llegarán, de vez en cuando es divertido recibir lo que esperas. De vez en cuando es divertido recibir beso en vez de susto.

Enredada entre sábanas, despierto en un lecho desierto, campo de batalla marcado de victorias, asolado de derrotas. Dejé la ventana abierta para bañarme en brisa, y el sol me tatúa con sus dedos caminos de fuego en la espalda. Necesito música. Necesito desayunar alguna sonrisa, un vistazo en el espejo, una palabra somnolienta que se te cuelgue del oído, una caricia que no venga de mis manos. Y a la vez me doy cuenta de que no hace tanta falta. ¿Cuándo se hizo tan tarde?.

Me he tragado la llave de mi libertad para que nadie me ponga candados. Me juré amor eterno el día que volví a tenerme, y no puedo serme infiel. No debo. Voy a saborear los matices de la soledad, fortalecerme las quimeras, romperme las barreras, ensayar necesidades, simplificar las ecuaciones del día a día y sentir cada minuto en las puntas de los dedos. Sentirme. ¿Cuándo se hizo de noche?

A veces me sorprendo sonriendo sin razones, se me eriza la piel con algún susurro inexistente. La mera existencia me emociona, la complejidad de sentirme segura en mi soledad, la simplicidad de sentirme viva con cada inspiración. Justificando felicidades carentes de fundamento más allá de la esencia del equilibrio. Sueño excusas para quererme, me enseño a caminar con la vista al frente, y así, sola y completa, puedo tender la mano. Puedo tenderte la mano. ¿Cuándo se hizo tan fácil?

Ven a caminar a mi lado un rato. Nos haremos grandes. Sólo hay que saber mirar. Nos hacemos libres. Sólo hay que saber soltar. Ven a caminar y no corras. La noche me canta al oído, y no tengo prisa. No duelen las heridas. Se me olvidó recordarlas. Ven conmigo, que te enseñaré a reir. Sólo hay que saber soñar. ¿Cuándo se hizo tan corto?

Quebrando perfecciones me deleito en mis errores. Necesito música. Quiero bailar sobre las ascuas de la tristeza, sembrar pasiones con delicadeza y beberme el tiempo. Me sobra todo lo que me hizo falta. Es tan sencillo dificultar las cosas con atrezzos inservibles. Vuelan las notas y se me meten hasta el alma. No voy a privarme de querer porque no quiera, hay tanta gente que necesito cerca que me sorprende la ironía del aislamiento. Quizá mi soledad, por elegida, sea más dulce, pero también es mucho menos sola. Vuelan las notas y me arañan las cadenas rotas. Necesito más. Y sin embargo, sin tener nada, sin cambiar nada, sin querer nada, a veces parece que lo tengo todo. ¿Cuándo se hizo tan claro?

Enredada en la quimera, me acuesto en un lecho desierto, y me sorprendo sonriendo sin razones. Ven conmigo, pero mañana. Hoy sólo necesito música.

Quiero ser susurro atronador, quiero rasgar la noche con mi silencio afilado, sonreír a la luna con altivo respeto, calarme de la lluvia que tanto anhelo. Quiero comerme la soledad con cubiertos de plata, y reírme de todo, y reírme de nada. Quiero marcar diferencias al andar de puntillas, quiero ser diferente cada vez que me miras, quiero bailar cuando calle la música, y hacerme la dura leyendo entre líneas. Quiero derretirme sin besos ajenos, ser dama o ser puta nunca fueron extremos, quiero gritar en callada alegría, o llorar transparencias sin necesidad de agonía. Quiero vivir. Quiero querer, y me quiero, porque no me hace falta amor si no lo llevo dentro, no me hacen falta besos si no los deseo, y si no los mereces, o si no los merezco. Quiero guardar recuerdos en cada bolsillo, saltar en los charcos de cualquier niño, mirar la vida en clave de dibujo, suspirar, respirar, inspirar, soplarte. Quiero recordar voces y letras, quiero cantar las canciones secretas, como si no hubiera mundo, como si el tiempo esperara, como si no tuviera nada para mañana. Quiero llenar la nevera de tuppers, con sobras de sobras que nunca se acaban, quiero sortear mi alma, o quizá esquivarla, quiero mirarla, entenderla, coserla en pedazos, llenar con retazos un corazón repleto. Quiero tenerte, ser libre, volar. Quiero prenderme, ser aire, soñar. Quiero pies descalzos, quiero nuevas metas, quiero bailar tu danza, quiero sondear la brisa, partir candados, romper los dados, jugar sin reglas, y ganar. Quiero arrancarme el tiempo parado, quiero caminar los pasos andados, quiero girar en la calle más larga, quedarme sin aire jugando entre sábanas, surcar paraísos, gastarme los labios, llenar mis vacíos, rasgar los vestidos, subirme a tacones desnuda y a oscuras, que caiga la ropa olvidada en el suelo, quiero encender la luz, quiero quemar la cama, quiero saldar las deudas, quiero lamer la nata, quiero gritar. Quiero sorpresas, saber si me besas, quemar las llaves de vuelta al pasado, acordarme de todo cuando rozo tu mano. Quiero ser yo, cada estrofa de mi vida, sin cadenas, con sonrisas, con las alas susurrando horizontes, sin necesidad de aprender más razones, sin más choques. Quiero mantener el sonoro silencio de la soledad elegida, quiero anhelarla como la odio, quiero disfrutarla como la sufro, quiero tenerla porque es tenerme, quiero crecer siendo una por una vez, quiero aislar la dicha de estar completa, viajar descalza, quedarme quieta, surcar la noche, saltar a ciegas, quiero sentirme viva, soñar despierta. Quiero vivirme, tal como soy, tal como seré en un minuto, en un año, en diez. Quiero volar, y no hay ancla que me arrastre al suelo cuando la libertad me eleva, nadie puede robarme la música de mis venas, quiero sentirme en mi piel, ser sagrada en mi pecado, ser mujer en tu regazo, respirar cada segundo, quiero no necesitar sino querer. Quiero. Soy. Merezco. Vivo. Mira.

Llegas como lluvia a mi ventana, precedido de destellos, quizá seguido de truenos, tocando mi cristal como si fuese un instrumento, dispuesto a sacarle melodía a la tormenta.

Acaricias el alfeizar como tus zarpazos de agua, pero cuando alzo la vista, ya sólo quedan rastros de las gotas que huyeron. Nada más. Quizá ignoras, maybe not, que anhelo la lluvia desde que recuerdo. Quizá ya sabes que abro las ventanas cuando el primer relámpago rasga la noche, dejando heridas en la oscuridad de mi retina.

A veces salgo corriendo cuando siento ese aroma a tierra mojada, cuando los árboles empiezan a bailar con la brisa húmeda, la canción de sus hojas preludio del concierto que vendrá. El trueno rompiendo la paz con su grito. El aire cargado de un olor primigenio, hormona de la naturaleza.

Salgo corriendo a calarme de libertad, a que me besen las gotas con sus labios de nube, con la piel de gallina, encerrando un alma de punta que no quiere estar encadenada. Y espero, espero el rocío del agua en mi pelo, perlando mi risa con húmedo llanto, la lluvia cantando sobre la tierra desnuda, y me sobra la ropa, y me sobran las dudas, y me faltan caricias para compartirlas a oscuras.

Salgo porque soy libre de limpiarme la vida como quiera, de mojarme de sueños en medio de la tormenta. No es la melodía de tus dedos en el cristal lo que me hace salir corriendo, anhelante, deseosa. La lluvia en la ventana, fugaz, no es más que un juego. Es el baño de húmeda libertad, es la tempestad misma lamiendo mi piel, lo que quiero. El resto es sólo distintas gotas, misma canción.

Las palabras fluyen huyendo de un silencio que suena a cambio, pero en algún momento me doy cuenta de que estamos anclados al pasado. Como un baremo de lo que está bien, con un medidor de tristeza, como un termómetro de catástrofe, el Glasgow del alma, el pasado es lo único que tenemos, el espejo de comparación que nos ancla a lo vivido. Te mantiene a flote dándote un referente de avance y retroceso, pero a la vez te obliga a quedarte inmóvil, valorando, observando...

El pasado no sabe de evolución sino de miedo. No sabe de libertad sino de soledad. El pasado sabe a derrota o sabe a gloria acabada, sabe a deberes y cuitas, a ausencia o compañía, sabe a puñal o sonrisa, pero siempre sabe a algo. Nunca sé a qué va a saber el próximo minuto. ¿Será a vacío, será dulce, será tranquilo, será nuevo o será siquiera un sabor conocido?

Creo en el futuro y su indiferencia, es una cuestión de fé ya que no está garantizada su existencia, pero estoy cansada de creerme el pasado. Es tan perfecto saltar al vacío por primera vez, el estómago flotando y la incertidumbre sobre qué pasará, sin referentes, como la tabula rasa de un niño que abre los ojos al mundo sin esperar nada a cambio. Quiero caminar sin saber qué esperar de casa paso, sin compararlo con los miles que he dado antes, sin reflexionar sus consecuencias, sin apuntarlo en un cuaderno, sin memoria.

Y sí, el aprendizaje es memoria, y mi pasado soy yo. Cada cosa que he vivido ha marcado para bien o para mal lo que soy, pero hoy, ahora, no quiero que marque lo que seré. Quiero probar a no sentir miedo, a no comparar, a saltar y soltar el ancla que te obliga a no dar giros bruscos, a sopesar, a juzgar a gente nueva por lo que hicieron otros, el ancla que te protege del cambio, que te ralentiza a un ritmo evolutivo adecuado.

Quiero olvidar todo lo que me ata durante un rato y abrir los ojos de la niña que busca sorprenderse con cada golpe de brisa. Quiero perder los miedos en un bolsillo, quiero dejarme llevar, porque empiezo a olfatear que cambia el tiempo y quiero disfrutarlo sin pasado, sin comparación, sin precedentes. Quiero confiar, quiero soltar lastre y quiero volar.

El pasado no sabe de cambio, pero quizá mi pasado no sepa de mi.

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