La mayoría de las habilidades circenses se basan en dos cosas; sonreir mientras el mundo se derrumba y avanzar contra el miedo. Pete sabía esto desde hacía años, incluso antes de que le rompieran el corazón. Y entonces, cuando Sarah desapareció tras una nota y una traición, él se maquilló las lágrimas, se vistió de ser vivo y sacó su muerte al escenario con la sonrisa pintada en la cara. La función fue perfecta, la gente aplaudía a rabiar sin vislumbrar sus ojos brillantes en las alturas, o quizá lo vieron y pensaron que era emoción. Qué extraño poder transmitir emociones cuando estás encerrando un cadáver entre brillantina y lentejuelas.
Al día siguiente, con el éxito olvidado en los bolsillos, hizo una maleta sencilla y abandonó el circo sin mirar atrás. Siempre procuraba correr más que su pena, hasta que un día la adelantó, despistándola en algún requiebro, y simplemente dejó de sentir. La soledad le acompañaba, trabajaba para comer y huía cuando era posible. A veces simplemente actuaba en las calles y parques, los rostros de los transeuntes simples maniquís pasajeros vistos a través de su sonrisa de plástico. Un día, miles de kilómetros después, de repente encontró algo que le hizo detener la huída, algo que encendió una llama dentro, algo que le hizo sentir.
La niña más triste del mundo se sentó frente a él en un parque una tarde. Pete había parado la función para devorar un sandwich y unas mandarinas, acostumbrado a que nada tuviera sabor, y no se molestó en hablarla. Sabía que se cansaría de esperar y se marcharía. La niña tendría unos doce años, y miraba el mundo con unos ojos inmensos de un azul glacial que no podía existir, supurando dolor desde su silencio. Cada vez que miraba a Pete, él se sentía incómodo bajo su escrutinio. Le parecía que estaba pidiendo ayuda, algo que él con su corazón muerto desde luego no podía ofrecer.
Incapaz de soportarlo más, sacó su sonrisa de la maleta y realizó unos malabares perfectos con las cuatro mandarinas que tenía. Volaban, se cruzaban, jugaban en el aire, y mientras Pete no dejó de mirar esos ojos, que no se apartaron ni un segundo de su mirada. Pero el espectáculo debe continuar, y Pete se levantó con la sonrisa de cartón para realizar todos sus trucos y técnicas. Hizo malabares incontables, acrobacias increíbles, surcó el césped con su monociclo a gran velocidad y hasta desempolvó los trucos de magia. La niña, impasible y ahora de pie le miró hacerlo con profundo interés mientras despedía una tristeza insondable. Varios transeuntes hicieron corrillos de admiración que iban y venían, las monedas tintineaban en una manta extendida, y la niña seguía ahí, incansable en su inamovible dolor.
Al final, sin ningún as más en la manga, se desmontó del monociclo frente a ella, se quitó la sonrisa gastada, y le preguntó "¿Qué quieres que haga?". Ella, con una voz tímida y pequeña susurró señalando el viejo sillín y su única rueda; "¿Me puedes enseñar a montar en esto?". "Bueno, imagino que podría". Y aunque no había ninguna razón para hacerlo, lo hizo.
"Tienes que ponerte el sillín entre las piernas, inclinado, y colocar un pedal horizontal delante de ti. Ha de ser el de la pierna con la que tengas más fuerza". Dijo serio y firme mientras ajustaba la altura del mecanismo. "Cuando estés lista, pisarás con fuerza el pedal y darás un pequeño salto para delante con todo tu cuerpo. El monociclo estará de pie y tú encima, te inclinarás hacia delante como si fueses a caerte y seguirás pedaleando, porque el pedalear es lo que te salva del golpe contra el suelo. ¿Lo entiendes?". Ella asintió, seria y firme mientras examinaba el aparato.
El primer intento y unos cuantos de los que siguieron fueron un fracaso. Ni siquiera lograba pedalear, porque al verse arriba tenía miedo de caer, y bajaba inmediatamente dejando el monociclo detrás. "Yo me caí decenas de veces. Sin el golpe a veces no hay aprendizaje, y si tienes miedo de él nunca podrás avanzar ni un paso". Ella asintió, seria y firme mientras se recogía el pelo y apretaba los labios en una mueca de decisión. En el siguiente intento cayó de bruces al suelo. Tras cuatro caídas le dolía la muñeca y tenía pequeños puntitos de sangre en las manos, que se limpiaba en la falda cuando Pete decía que parase. "De todas formas me tengo que ir," dijo él. "¿Puedo venir mañana y volver a intentarlo?". "No sé si estaré, quizá mañana me vaya a otra ciudad". "Vendré igualmente".
No había ninguna razón para que él se quedara, pero al día siguiente él estaba ahí, y la niña apareció. Esperó a que él terminase su función, aplaudiendo impasible y seria entre el público, con los ojos más tristes del mundo. Al acabar, ella se puso unos guantes y cogió el monociclo mientras Pete recogía el resto de aparatos. La vio caer de pie varias veces antes de acercarse. "Tu problema es que tienes miedo de caerte, y te caes. En el circo, si te paras estás muerto. Tienes que avanzar más rápido cuanto mayor es el miedo, porque mientras avanzas estás seguro. ¿Crees que podría quedarme parado mucho rato en la cuerda?". Ella negó con la cabeza. "Ese es el secreto. No es no sentir miedo, es no darle importancia y seguir adelante. Cuando vayas a pedalear tienes que estar inclinada hacia delante, y te parecerá que te caes. Puedes bajarte como haces, o puedes tratar de pedalear y quizá caerte sobre las manos con suerte. Tú verás".
Una hora después, ella se había caído muchas veces, y él comía una manzana mientras reflexionaba sobre sus propias palabras. La vida no era tan distinta a lo que le había dicho a la niña, un montón de consejos que hacía tiempo que no seguía. De repente, sin previo aviso, ella se alzó sobre el sillín y pedaleo tres o cuatro veces antes de caer de pie. Fue corriendo hacia él, un poco de sangre seca de alguna caída en la barbilla, la adrenalina en las mejillas y los ojos vidriosos. Sonreía de una forma espectacular, como si de pronto hubiese salido el sol entre las nubes. "¿Lo has visto?". "Lo he visto. Muy bien". Pete sonrió mientras le revolvía el pelo, y la sonrisa era de verdad esta vez.
A partir de ese momento, Pete se dedicó a impartir talleres infantiles de circo y a recibir clases de vida. Sonreía aunque el mundo no estaba en continuo derrumbe, y avanzaba siempre contra el miedo. A veces se cayó de nuevo, pero de vez en cuando consiguió pedalear, y esos momentos sobre el sillín valían la pena.
Querido, no todo dura para siempre. Las rupturas siempre llenas de clichés me causan un aburrimiento infinito, pero me temo que en tu caso no quedan más que eso, frases vacías de despedida.
Creo que ambos llevábamos meses viendo llegar el final de esta historia, nuestra fecha de caducidad anunciada en el calendario a bombo y platillo. Tan cansada terminé de ti que empecé a soñar con el siguiente, con tu sustituto, con la libertad. Hace unos días lo conocí y fue un flechazo. Siento que te tengas que enterar así, pero ya hay otro en mi vida, y sinceramente espero que me dé todo lo que tú no fuiste capaz.
Está claro que no todo han sido lágrimas. Hemos pasado grandes momentos, gracias a ti he conocido gente muy interesante, gente que me ha llenado los huecos que tú dejabas con cada día de promesas vanas y esperanzas inconclusas. Tengo incontables imágenes de sonrisas juntos, uno a uno los recuerdos de aquellos compromisos que sí cumpliste, destellos de felicidad repartidos entre la rutina de una lucha. Pero en general, lo siento, no has sido suficiente. Lo que una vez fue un sentimiento intenso ahora es profunda indiferencia, y por qué no decirlo, la ilusión porque el que viene a ocupar tu vacío sea mejor. Imagino que siempre esperamos eso tras una decepción.
Me dirás que no todo ha podido ser culpa tuya, y quizá tengas razón. Las decisiones tomadas, los caminos escogidos, el resultado de tanta pelea por sobrevivir, por conseguir que nuestra relación fuese lo que debería haber sido, eso es todo mio. Pero has de reconocer que cada uno juega las cartas que le tocan, y no me lo has puesto fácil para ganar. Bastante he hecho con no tirar la toalla hace meses, aguantar hasta los últimos estertores, hasta que ya era inevitable.
Así que por favor, recoge tus cosas, querido. Date prisa en dejarme libre porque tengo ya tantos planes para tu sustituto que no me quedan días en el calendario. Pienso aprovechar cada momento, aunque sea no haciendo nada. Hasta eso pienso hacerlo bien esta vez. Empiezan a repartir las cartas y espero llevar una buena mano porque pienso quedarme jugando hasta que apaguen las luces y haya que marchar. Recoge tus cosas y vete, 2010, porque confío en que 2011 sea lo que nunca pudiste ser tú.
Un beso, cuídate y no vuelvas. Año muerto, año puesto.
A veces los nombres no son necesarios. Él podía llamarse Aquiles por unas horas, el mentón cuadrado y esas proporciones ciclópeas de héroe mitológico. Ella simplemente se llamaba Camarera. Nada como una barra como para hacerte irresistible.
Ella tenía el alma rayada porque algún cabrón la había arañado con las llaves al pasar, y demasiadas noches entre alcohol sin beberlo. Ese viernes había empezado a servirse chupitos un par de horas antes, matizando las lágrimas con vodka negro y cubreojeras. Sonreía silencios a los habituales y escondía cada parte de su ser para que no se manchase. La música parecía mejor esa noche, incluso tenía la impresión de que por alguna extraña razón el bar no olía mal hoy, a humo y humanidad, a falsas risas cubriendo vidas vacías, al desagüe de los días que se siguen sin más. Hoy olía a lima, a posibilidades, a preguntas. Olía a imprecisión infinita dejando puertas abiertas. A mojito entre bastidores, a reencuentro de amigos, sexo en el baño.
Aquiles simplemente estaba de paso, un turista más en el Madrid de agosto. Sólo sabía un par de frases en español, así que no puedo contarte cómo estaba su alma. El vocabulario no dio para tanto. Sólo puedo decir que cuando entró por la puerta a la camarera le dieron ganas de aplaudir como si acabase de terminar una gran obra de teatro. Se puso de pie y limpió la barra como un acto reflejo, sin darse cuenta, o quizá sí, de la maravillosa vista de su escote en pleno baile de seducción, que Aquiles disfrutó casi en primicia.
Y sobraron las palabras, los nombres. Son sólo letras para ocultar el resto. Hablamos para tapar las mentiras que nuestro cuerpo contaría si no lo hicieramos. Así que puede que esa noche fuese la relación más sincera en kilómetros a la redonda.
No puedo decir que el alma de la camarera estuviese menos rayada tras aquella noche de sexo en un balcón, Madrid testigo de pasión sin palabras. Ni siquiera puedo decir que Aquiles aprendiese español en esas horas. Quizá el mundo no mejoró, la música siguió demasiado alta, en el bar nunca olió a lima, y al amanecer la vida de toda esa gente que gritaba para hacer oir sus absurdas palabras de relleno volvió a ser aburrida y real. Quizá una vida aburrida y real con resaca y ojos de gamba. Y más palabras danzando al sol, rellenando minutos, corriendo hacia el futuro sin saber adónde van, simplemente corriendo para llegar antes.
Quizá ni Aquiles ni camarera fueron más felices, pero yo no puedo evitar pensar que en cierta forma se sintieron un poco más libres. No puedo evitar creerlo cuando los recuerdo sonriéndose en silencio a ambos lados de una barra de bar, llenando los momentos con gestos repletos de significado, creando bromas silentes que sólo ellos entendieron, comiéndose con la mirada, comunicándose con las hormonas. No puedo evitar pensar que lo fueron, y no puedo evitar sonreír cuando les veo de nuevo en mi mente saliendo juntos por la puerta. El gigante rubio salido de una epopeya, cada rasgo cincelado con la perfección de un diestro, y esa cara de no enterarse de casi nada en este país de locos y ruido. La camarera casi medio metro por debajo, bella incluso fuera de la barra en su silencio elegido, el sueño de los habituales habitantes de ese bar cumpliéndose ante sus ojos entre las manos de un extraño. Una mano de Aquiles deslizándose hacia abajo por la espalda hasta donde no llegan las miradas, la puerta se abre con una bocanada de aire, respiran, se ríen, se van.
A veces los nombres sobran. A veces el silencio es el mejor traje para los labios, y a veces la luz del sol no se carga una noche llena de mentiras en un bar. A veces vale la pena quien habita la barra, ver más allá de la alambrada, dejarse ver. Algunas noches son de verdad y nunca sabes cuál será la elegida, así que quizá haya que vivirlas casi todas y no correr hacia el final. Brindo por ello.
Llevo tanto tiempo haciéndome pequeña para no molestar a nadie, susurrando las palabras endulzadas, escondiendo las razones, caminando de puntillas, rodeando escollos, tapándome el sol, tanto tiempo desapareciéndome ante otros ojos para no resaltar, pintándome de monocromo, poniéndome detrás en la foto, borrándome la luz... Tanto tiempo creyendo crecer al hacerme pequeña que me lo terminé creyendo.
Acabé empequeñeciendo por dentro, comprimida entre paredes de gris normalidad, mirando hacia arriba, saltando para ver por encima de la barra, tapando heridas con parches mediocres, soñando posibles, decolorándome el alma, olvidándome. Tuvo que venir un recuerdo a recordarme que me acuerde de ser yo. Me queda pequeña esta sombra, quiero volver a mirar de frente, sacudir las alas y vestir el ángel.
Limpiando cristales me hallarás para dejar salir la luz que alguien vio hace años. Sacando brillo a las sonrisas de verdad, cambiando sábanas de soledad. Lo siento, ahora no puedo llevar tus pesos en mi espalda, me toca ser egoísta para poder caminar un poco más rápido. Descalza entre sueños, desnuda entre mentiras, no pienso correr ni dar explicaciones. No puedo llevarle las maletas a todo el mundo y no paro de intentarlo. Hoy no quiero llevar ni mi bolso. Por fin creo que estreno impermeable, me resbalará todo lo que no es importante. ¿Quieres verme? Asómate tú, que me cansé de enseñarte.
¿Cuándo perdimos de vista lo breve de esta estancia? ¿Cuándo nos empeñamos en complicar lo sencillo para darle sal a la vida? ¿Es que de verdad pensamos que lo difícil es más divertido? ¿No sería genial a veces simplemente ser? ¿Cuándo decidiste que sabes que la vida puede esperar a que estés listo? ¿Y cuándo decidió el mundo dejar de luchar y echarse en el sofá? Me cansa el conformismo, la idea de que otro lo arreglará todo, y ese otro que no llega. Creo que me hacen falta batallas y causas, puede que sienta que este mundo no merece más de lo que tiene si no conseguimos hacer absolutamente nada juntos.
Aún no sé cuál es mi sitio pero no voy a parar a esperarlo, puede que para llenar el vacío sólo me haga falta yo. Yo y todo aquello que de verdad merezca la pena. El resto, son sobras, y no me quiero parar a mirarlas porque al final se te pegan a los pies.
De puntillas, creyendo posibles sonrisas para poder caminar desnuda. Asómate, sería genial esperar lo que no llega juntos. Puede que sólo merezca la pena querer. Puede que el resto sólo sean quimeras para entretener una vida en la que perder el tiempo es un lujo absurdo.
Creo que ya es hora de seguir, y quien quiera que siga.
Era muy tarde para andar sola por el centro de Madrid. La acera estaba tapizada de otoño. Siempre le han sentado bien los ocres a la ciudad, le resaltan la vida. Cada respiración marcada por una nube de vaho reiteraba la cercanía del invierno, deseoso de matar las hojas con su escarcha. El invierno siempre tan lleno de muerte.
Quizá fuese muy tarde para sentarse sola en el centro de Madrid, pero buscó un banco de piedra en el bulevar, uno que estuviera libre, uno con vistas al cielo negro entre las ramas. Varios habitantes sin derechos dormitaban entre cajas, invisibles. Una lágrima más escapó mientras se sentaba. No podía recordar su voz, ni a qué olía cuando la abrazaba al despertar, sólo tenía imágenes difusas, ráfagas de recuerdos, momentos concretos que escapaban al instante. No podía aferrarse a ninguna sensación, y esos recuerdos estériles sin alma eran peor que nada. Eran señales de olvido. Pasaban los años y cada vez era más difícil verle.
"Remember me and smile", Robert Smith cantando su nota de despedida una y otra vez en su cabeza. Es mejor olvidar a recordar llorando. Pero ella estaba haciendo trampas. Es imposible no llorar cuando la esencia de una persona se te escapa entre los años. En invierno se le acumulan las muertes y no puede recordar más que vestigios. No quería ir a casa a enfrentarse a las velas que señalan sus días de duelo, a presentar el informe de la vida que lleva, "otro año sin ti y esto es lo que he hecho", haciendo balances para justificarse ante ausencias, estando a la altura de quien sobrevive a muchos y ha de vivir lo que otros no pueden.
"Con la vida que has tenido es un milagro que no estés loca", de repente su voz resonando en su silencio. Ángel siempre le decía eso, y al parecer resultó saber demasiado bien lo que decía. "No creo en los milagros" contestaba ella siempre orgullosa. Comían palomitas entre las sábanas con alguna película en la pequeña tele, odiaba despertarse y encontrar trocitos blancos clavados en la piel. "Pues al parecer ellos creen en ti". Él la abrazaba y olía a galleta. Ella le decía que con ese aroma daban ganas de mojarle en leche. Y Ángel se reía, escandaloso, con los labios tan finos y tan rojos, los dientes demasiado blancos, el cuello lleno de pecas y esa barba inexistente.
Así sin más, Ángel la inundó, las sensaciones volviendo como cuando de repente te acuerdas de esa palabra que lleva todo el día escapándose. Quizá una persona son los detalles, esas cosas que le hacen real. Olía a galleta y la veía brillar con una luz que nadie intuía, ella que escondía las alas bajo capas de silencio y normalidad. Él no se cansaba de hablarla de eso, y ella nunca se lo creía demasiado. Se escapaban cada invierno en tren a ver la nieve haciendo novillos, y esa huída les sabía a triunfo. Tenía las manos siempre frías y algo ásperas, y una risa exagerada que llamaba la atención en los autobuses y el metro. El pelo negro, cardado o despeinado, y ese silencio que lo llenaba todo cuando le daba por escuchar o tenía un mal día, mirando la vida desde unos ojos oscuros como quien vigila un depredador. La sonrisa cuando sentenciaba sin opción a réplica. Las manías cuando comía, apartando cachitos, diseccionando filetes y menestras igual que diseccionaba el mundo. Y si tienes luz tienes luz. Innegable y aplastante. La música, siempre la música, endulzando sus heridas mientras las lamían mutuamente. Intercambiaban libros de poesía y recuerdos como quién juega a los cromos, y se les repetían tantos pasados que parecía un cuento. Tantos sueños, tantos planes, y un secreto para saltar. Ella la reina de la culpa, llenando los vacíos con mentiras para sobrevivir a la ausencia. Olía a galleta. Puede que ella oliese a nata, no lo sé, él nunca se lo dijo.
Quizá era muy tarde para sonreír sentada en un banco del centro de Madrid. La ciudad fingía dormir a su alrededor, las prisas olvidadas entre el sueño, el Prado oscuro como un mueble antiguo. A veces es más fácil seguir cuando recuerdas que cuando olvidas. Encajas las piezas y te cuadra la sonrisa. Dejó de preguntarse si la luz seguiría ahí, si la perdió en el camino mientras trataba de no volverse loca, si aprobaría su vida de quiebros y desmanes. A veces encontraba el equilibrio en su caos, había aprendido a perdonarse, había desterrado la mentira, y al menos había elegido caminar. De repente era fácil recordar queriendo sin que doliese. De repente era más fácil perdonarle por abandonar sus planes, por dejarla sola como un animal herido. Al final Ángel había tenido razón en algunas cosas, y en el resto, quizá no tuvo tiempo a tener razones.
Se levantó y siguió caminando hacia el coche. Había velas que poner. El otoño olía a galleta a su alrededor, o quizá eran sus recuerdos. Era ya tarde para caminar sola cantando entre susurros.
Remember me and smile, 'cause it's better to forget than to remember me and cry.
Esta es la historia de una niña que nació para hacer algo grande. Ella lo sabía, sus padres lo sabían, el médico que le palmeó el trasero para que llorara por primera vez lo sabía, hasta su perro parecía saberlo.
Como todo el mundo se había dado cuenta de ello, creció en medio de una expectación abrumadora. La gente que la rodeaba esperaba y observaba, atentos a una señal que les dijera qué gran destino la esperaba. Recibió los cuidados dignos de una niña débil y enferma en su cuna, por miedo a que se lastimase el don futuro. Susurros, algodones y polvos de talco. Sus grandes ojos azules examinaban este mundo extraño que contenía la respiración a su alrededor, tratando de aprehender toda la realidad con cada mirada.
Su madre, primeriza, tejía jerseys junto a la cuna soñando futuros. Las agujas bailaban entre sus manos mientras la veía dormir, mirar, comer, llorar y sonreír como quien admira La Capilla Sixtina desde el suelo marmóleo. Tan pequeña entre sus sábanas, tan frágil. ¿Para qué gran destino la estaría protegiendo? Cada tarde imaginaba uno distinto, a veces gloriosos, a veces morales, a veces imposibles, siempre lejanos. A veces se veía rodeada de riquezas, madre de una gran empresaria. Otras, acompañándola a recoger premios, su hija una importante investigadora, o artista, o actriz. En ocasiones, la imaginaba como el origen de la paz internacional.
Tardó en hablar más de lo normal, y de hecho nunca fue de las charlatanas. Nadie le apremió a hacerlo, quién sabe si no era parte de su destino. Les oía susurrar tras la puerta, pero no hablaban demasiado delante de ella para no influenciarla, con lo que el mundo de las palabras nunca pareció importante. Y ella miraba el mundo en su silencio absorto. "Es que es muy observadora", decía su madre. "Lo analiza todo, puede que vaya a ser una gran investigadora", decía su abuela.
Los años pasaron en silencio, mientras todos aguardaban una señal. Como quien espera que el cielo se torne negro en un eclipse, como el primer amanecer en la playa, como un nudo en el estómago de la realidad.
No fue una alumna destacada, aunque no fuese de las que suspendía. Simplemente mediocre. "Tampoco lo fue Einstein", decía su padre, y nadie preguntó nada más. Ella examinaba el mundo desde sus enormes ojos, y éste le devolvía una mirada inquisidora. Todo el mundo sabía que le esperaba algo grande, incluso ella lo sabía, pero en su interior, bien dentro de esa silenciosa concha, no tenía ni idea de lo que era, y esto la asustaba. Sentía una expectación que no sabía si lograría cumplir, crecía entre algodones e interrogantes, pero nadie se acercaba lo suficiente como para aconsejarla, nadie le ayudaba a caminar en ninguna dirección. Estaba perdida.
Su madre, sentada en el sofá del salón, imaginaba futuros cada vez más inciertos, las agujas del reloj bailaban entre sus dedos mientras trataba leer futuro en cada gesto de su hija. La vida pasó en la espera infinita, en la quietud de quien aguarda sin andar que el mundo camine por ella.
Y esperó esa señal, todos lo hicieron, hasta que el vacío de su interior explotó en silencio una tarde de verano. Su madre tejía mantas y quimeras en el mismo sofá, pero ahora le temblaban más las manos. Laura levantó la vista y la miró con unos ojos que no eran suyos, y supo que había llegado el momento. Vio el cambio con nitidez cuando Laura se acercó con paso firme, sin bajar la mirada. Esperó, olvidándose de respirar, la gran revelación. Era el momento aguardado, las agujas morían entre sus dedos.
Laura le puso la mano en el hombro y dijo "Me voy, mamá.". Nunca fue de las charlatanas. Y se fue.
Su madre ahora imagina presentes brillantes entre colchas de lana. Las agujas traquetean inseguras entre los dedos mientras ella maquina vidas maravillosas desde el asiento. Laura estaba destinada a hacer algo grande, ella lo sabía, el mundo lo sabía, hasta el perro, ya viejo y cansado, lo había sabido.
Y Laura, contra todo pronóstico, realmente hizo algo grande. Salió de esa casa, del silencio expectante, y se construyó a sí misma sin pasado ni palabras. Caminó cien caminos y se equivocó en ochenta, rompió vasos incontables y se olvidó de mil citas. Corrió huyendo de la luna alguna noche de locos, se bañó de sol entre montañas completamente desnuda un día de verano. Dañó sin querer y quiso doliendo. Aprendió a navegar con las velas abiertas incluso cuando el viento no soplaba o amenazaba tormenta. Adoptó unos gatitos y algunos principios, sabiendo que en unos años todos habrían muerto. Llevaba siempre la sonrisa desnuda sin temor a que cogiera frío, y nunca miró hacia atrás. La mayoría de las veces no sabía donde la llevaban sus pasos, pero sabía que eran sólo suyos. Se cortó las canas cuando iban saliendo y se tiñó las lágrimas cuando las escondía.
Laura vivió siendo ella misma, sin más, sin conocer la mentira, sin tapujos ni tabúes. Entre sus manos bailaban las agujas tejiendo presentes porque Laura había olvidado que se podían vestir futuros. Quién sabe, quizá hasta el perro hubiese sabido lo grande que puede ser vivir siendo fiel a uno mismo.
Cuento escrito en 2007, cuya versión extendida (y cambiada hasta el punto de tener final distinto) quedó finalista en un concurso de relatos y espera participar un poco maquillada en alguno más cuando me vuelva menos despistada con estas cosas. Le tengo un cariño especial, así que lo recupero en ligero remake de chapa y pintura para el nuevo blog. Besos!






